En la garganta nevada de Wyoming, seis bandidos planean el asalto a un viajero solitario. La emboscada se convierte en trampa mortal cuando el jinete finge su muerte y contraataca con precisión devastadora.
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En la garganta nevada de Wyoming, seis bandidos planean el asalto a un viajero solitario. La emboscada se convierte en trampa mortal cuando el jinete finge su muerte y contraataca con precisión devastadora. El hombre que se presenta como El Exterminador deja atrás a los sobrevivientes con una advertencia fría. Su destino es Rock River, donde el cementerio del pueblo guarda tumbas con una fecha en común: el 11 de enero de 1882. Un pasado violento acecha cada paso.
En las nevadas regiones de Wyoming a principios de 1882, un viajero solitario emprende su travesía por una garganta rocosa. Seis bandidos, liderados por Yuma, un mestizo de ascendencia india, preparan meticulosamente una emboscada. Entre los conspiradores está Pierre, un francés de Nueva Orleans con un acento inconfundible, y otros hombres cuya reputación precede su llegada.
La emboscada parece rutinaria. El jinete cae bajo el fuego cruzado de seis armas simultáneamente. Pero lo que Yuma y sus hombres no anticipan es que el desconocido ha fingido su muerte: se tiró de su caballo justo a tiempo, utilizando el reflejo de los adornos de su silla de montar para advertir el peligro.
Lo que sigue es un giro violento. El viajero se incorpora y abre fuego contra los bandidos con precisión letal. Dos caen muertos en segundos. Bajo la amenaza de sus revólveres, Yuma y Pierre son obligados a ordenar que bajen las armas. El hombre que se identifica como El Exterminador los libera, pero no antes de advertirles que si vuelven a encontrarse, no habrá piedad.
Luego continúa hacia Rock River, un pueblo cubierto de nieve. Su verdadero propósito no es el refugio que promete. Se dirige directamente al cementerio local, donde encuentra siete tumbas idénticas, todas marcadas con la misma fecha: 11 de enero de 1882. Cada cruz lleva un nombre. El Exterminador las lee en silencio, y en su mirada helada resuena una promesa o quizá una condena.