Federico Landaeta, escritor venezolano exiliado en Galicia, retrata con humor y detalle la vida cotidiana de Carral, pequeño pueblo de la región. A través de siluetas que capturan personajes memorables y costumbres arraigadas, el autor…
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Federico Landaeta, escritor venezolano exiliado en Galicia, retrata con humor y detalle la vida cotidiana de Carral, pequeño pueblo de la región. A través de siluetas que capturan personajes memorables y costumbres arraigadas, el autor observa cómo transcurre la existencia en este rincón de España: desde Carabel, el fondista de risa contagiosa, hasta la noble vaca gallega que labra la tierra con resignación. Escritas con espontaneidad durante los inviernos lluviosos, estas viñetas revelan la singular forma de ser gallega.
La lluvia cae sin tregua sobre Carral, un pueblecito de diecisiete kilómetros de La Coruña tendido junto a la carretera hacia Santiago. Incapaz de salir a pasear durante los inviernos gallegos, Federico Landaeta —escritor venezolano exiliado— retoma la pluma para dibujar, con trazos ágiles en la máquina de escribir, las siluetas de quienes habitan este rincón de España. No pretende hacer descubrimientos sobre la vieja España, sino capturar, en su pura espontaneidad, la existencia que pulsa en este pueblo dormido. Carabel emerge como el corazón viviente de estas páginas: fondista, tasquero, chalán de ganado, jugador de naipes con especialidad en la escoba. Es un hombre pequeño, coloradito, cuya risa contagiosa resuena por las calles cada vez que captura al tío Manuel en una partida de cartas. Es el demonio del trabajo, saltando sin descanso de una tarea a otra, dispensador de la única alegría que parece animar Carral. Las vacas gallegas ocupan un lugar central, elevadas a institución: nobles bestias de tiro y labor que arrastran aradores y carretas de rueda romana bajo el peso de una tonelada, estimuladas por cariñosas expresiones llenas de juramentos. Reciben por cama un lecho de espinas, de tojo, ese arbusto áspero, y su destino es inexorable: el arado, la rueda, el matadero. Emerge también la singular lógica gallega: las viudas que tienen marido vivo, los apellidos que perpetúan nombres de casas a lo largo de generaciones, el Suso torcido que convierte todo en chiste, las extrañas costumbres de servir café en vasos y vino en tazas. Landaeta observa sin condescendencia, como quien lleva años sometido al ostracismo político en esta tierra. Escribe sus siluetas desnudas de galanuras, sencillas, de todo corazón. El resultado es un retrato donde cada personaje, cada costumbre, cada absurdo cotidiano cobra existencia propia.
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