Plutarco examina la difícil tarea de distinguir a un adulador de un verdadero amigo. El adulador, aprovechando nuestro amor propio, busca ganarse la confianza de personas virtuosas mediante la imitación de sus gustos y opiniones.
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Plutarco examina la difícil tarea de distinguir a un adulador de un verdadero amigo. El adulador, aprovechando nuestro amor propio, busca ganarse la confianza de personas virtuosas mediante la imitación de sus gustos y opiniones. A diferencia del amigo leal, que ofrece reproches sinceros cuando es necesario, el adulador nunca se opone y adapta constantemente su comportamiento. Esta semejanza engañosa constituye el peligro más grave: la dificultad de no confundir una influencia dañina con una relación auténtica.
Plutarco abre su reflexión dirigiéndose al amigo Antíoco Filópapo, planteando una paradoja incómoda: nuestro amor propio es el mayor obstáculo para juzgar nuestras acciones con imparcialidad. Así como el amor verdadero deja ciegos ante lo amado, nos ciega también ante nosotros mismos, creando un terreno fértil donde el adulador puede sembrar sus engaños.
El peligro del adulador radica en que no actúa indiscriminadamente. Como la carcoma que penetra en la madera más tierna, el adulador prefiere buscar entre las personas virtuosas, ambiciosas y de buen carácter. Se aferra con fuerza a estos temperamentos nobles, precipitándose sobre príncipes y poderosos. Confundir la adulación con un ingrediente menor de la amistad es un grave error: se trata de una amenaza que requiere vigilancia constante.
Lo más peligroso no es el adulador vulgar, evidente en su interés por la comida y la bebida, sino aquel que niega serlo y no lo parece. Es el adulador sobrio, trabajador, que se esfuerza continuamente por ganarse confianza, el que interpreta la amistad como un actor serio. La adulación que prospera bajo el disimulo es más perniciosa que la que se exhibe a la luz del día.
La dificultad fundamental estriba en que el adulador es un maestro de la imitación. Observa y reproduce los gustos, hábitos e intereses de su víctima con tal precisión que la frontera entre la verdadera amistad y el engaño se vuelve prácticamente invisible. El adulador está condenado a la inconsistencia: modula sus ideas según los intereses de su objetivo y cambia de forma como el agua según el recipiente. Con el aficionado a la caza entra en el bosque gritando versos; con el erudito se rodea de libros; con el hombre rico se afeita. Esta variabilidad, esta falta de una verdadera naturaleza, es lo que finalmente lo delata.
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