En una habitación del War Office de Londres, envuelta en humo de cigarrillos, un teniente coronel británico encomienda al joven oficial Dick Templer una misión desesperada: penetrar en Bruselas ocupada por el enemigo para recuperar…
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En una habitación del War Office de Londres, envuelta en humo de cigarrillos, un teniente coronel británico encomienda al joven oficial Dick Templer una misión desesperada: penetrar en Bruselas ocupada por el enemigo para recuperar documentos vitales que contienen mapas de depósitos secretos de municiones y nombres de resistentes comprometidos. En la tarde del 13 de mayo de 1940, mientras los alemanes avanzan imparables, Templer cruza el canal hacia un territorio donde la traición anida en cada rincón y donde cada momento puede ser el último.
Una pequeña habitación en lo alto del War Office de Londres. A través del humo de los cigarrillos, un teniente coronel del ejército británico expone al joven oficial Dick Templer los contornos de una misión que podría cambiar el curso de la guerra o dejarlo muerto. Estamos en mayo de 1940, en los días en que la ofensiva alemana ha hecho colapsar las defensas de Europa occidental. Bélgica está a punto de caer, y con ella, la esperanza de frenar al ejército nazi.
El objetivo es claro pero casi imposible: entrar en Bruselas, una ciudad que ya está siendo ocupada parcialmente por tropas alemanas, y ubicar al capitán Charles Lafoix, un oficial belga que custodia documentos de valor incalculable. Se trata de dos conjuntos de papeles: por un lado, mapas que señalan la localización de depósitos secretos de armas y explosivos diseminados por territorio francés y belga; por el otro, una lista con los nombres de aquellos hombres que han expresado su disposición a formar redes de resistencia cuando los nazis controlen completamente la región. Si esos documentos caen en manos alemanas, los depósitos serían capturados y esos hombres ejecutados junto con sus familias.
Templer es enviado con una escolta de dos oficiales franceses. Mientras se acercan a la capital belga, la carretera es un río de refugiados que huyen en dirección opuesta, rostros pálidos y aterrorizados que abandonan todo lo que conocen. Al entrar en la ciudad, el caos es absoluto: las calles están casi vacías, pobladas apenas por figuras solitarias que se apresuran pegadas a las fachadas. Algunos soldados vigilan desde las esquinas, pero nadie sabe quiénes son realmente: ¿aliados? ¿O paracaidistas alemanes con uniformes falsos? El miedo y la desconfianza impregnan el aire. No es posible confiar en un uniforme, en un casco, en una guerrera. La retaguardia se ha vuelto insegura, infiltrada de traidores y saboteadores.
Cuando los tres hombres llegan al edificio del gobierno, descubren que está completamente vacío. No hay centinelas, no hay oficiales, no hay rastro de los documentos que Templer debía recuperar.
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