Luna contempla las estrellas desde su balcón cuando Eloy llega sorprendiéndola. Se abrazan en la oscuridad, pero entre ellos existe una complicidad que trasciende lo permitido entre primos.
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Luna contempla las estrellas desde su balcón cuando Eloy llega sorprendiéndola. Se abrazan en la oscuridad, pero entre ellos existe una complicidad que trasciende lo permitido entre primos. A medida que ambos crecen, la amistad fraterna se transforma en atracción. Eloy, cercano a la mayoría de edad, y Luna, quien pronto cumple dieciséis, luchan en silencio contra sentimientos que desafían los lazos de sangre. Sus padres lo perciben y comienzan a frenar sus encuentros, criando una distancia incómoda en una casa vecina donde todos sienten lo prohibido pero nadie osa nombrarlo.
Una noche, Luna se asoma a su balcón para contemplar las estrellas, la única habitación de la casa que cuenta con ese espacio. Eloy llega sorprendiéndola, le tapa los ojos con las manos en un juego familiar. Se abrazan bajo la constelación que los ilumina, pero entre ellos existe una complicidad que va más allá de lo que debería permitirse entre primo y prima. Son vecinos, sus padres compraron casas contiguas, y se conocen de memoria: pasan horas juntos, se confían secretos, intercambian mensajes constantemente. Viven como hermanos, pero no del todo.
Conforme ambos crecen, algo imperceptible cambia. Luna, a los quince años, no quiere compartir a su primo con ninguna otra chica. Eloy, quien pronto cumplirá dieciocho, reconoce en los ojos verdes de Luna algo que lo despierta, que lo descoloca. Lo que fue siempre una amistad sin límites adquiere matices nuevos, peligrosos, prohibidos.
Sus padres lo notan. El padre de Luna, Hugo, comienza a frenar sus encuentros, criando una distancia incómoda. La madre de Eloy ve cambios en su hijo: lo ve encerrado, pensativo, alejado del mundo. Nadie osa hablar de ello abiertamente, pero todos sienten que existe algo entre los primos que la familia rechazaría, que la sociedad jamás aprobaría. Una atracción que crece en el silencio, alimentada por miradas que duran demasiado, por abrazos que significan más de lo que deberían significar.
Luna cruza el camino entre sus casas llevando comida que su abuela preparó especialmente para él, obteniendo permiso mediante argumentos que sus padres aceptan. Eloy abre la puerta y la ve sonriente, cargando una bolsa. Cenan juntos en la intimidad de su habitación, hablan de sus días, se rozan con la naturalidad de quienes llevan toda la vida juntos, pero también con una carga de deseo no expresado que flota en cada pausa.
La novela retrata ese conflicto sin tregua: el amor que germina en la prohibición, la complicidad que desafía lo permitido, y dos personas que descubren que lo que sintieron el uno por el otro siempre fue más que familia, pero ignoran cómo vivir esa verdad en un mundo que los condena.
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