Daniel permanece al lado de la cama de Laura, quien a los dieciocho años yace en coma tras un accidente que él causó. Mientras observa su cuerpo inmóvil, revive los años que transcurrieron desde que conoció a aquella niña de doce años,…
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Daniel permanece al lado de la cama de Laura, quien a los dieciocho años yace en coma tras un accidente que él causó. Mientras observa su cuerpo inmóvil, revive los años que transcurrieron desde que conoció a aquella niña de doce años, coletas y gafas grandes, mejor amiga de su hermana, hasta convertirse en la razón de su existencia. Ahora, en el silencio del hospital, aguarda su despertar con la esperanza de encontrar el perdón que cree no merece.
Daniel está al lado de la cama de Laura en la sala de un hospital, incapaz de enfocar la vista, sintiendo que ha perdido todo cuanto quería y necesitaba. A su lado yace la silueta inmóvil de la joven mujer en la que se ha convertido aquella niña que conoció años atrás. El viaje de regreso de Barcelona ha terminado en un accidente que ha destrozado sus vidas: un camión, una ráfaga de luz, la pérdida del control. Mientras Daniel se recupera de sus heridas en cuestión de días, Laura permanece en coma a los dieciocho años, y la responsabilidad del accidente pesa sobre sus hombros como una condena.
Los recuerdos asaltan a Daniel. Revive el momento en que conoció a Laura hace años, cuando su hermana Sandra llegó a casa acompañada de una niña pelirroja de doce años con gafas demasiado grandes y dos coletas, riendo tímidamente desde el rincón. Era la nueva vecina, amiga de su hermana. Daniel, entonces dieciocho, la veía como una cría revoltosa, inofensiva. Pero en algún momento el destino cambió de curso.
La transformación de Laura es gradual pero inevitable. Daniel recuerda el verano en que ella regresó de sus vacaciones con una metamorfosis que lo dejó sin habla: ya no era la niña de las gafas enormes. A los quince años se presentó en su puerta convertida en una joven mujer, con el pelo largo y suelto, un vestido corto que resaltaba su figura, y aquellos ojos azules que finalmente podía ver con claridad. Laura había crecido, pero su esencia permanecía: seguía siendo la misma en su timidez, en su dulzura, en su forma de colgarse de su cuello con un beso en la mejilla.
Lo que Daniel no comprendía entonces, y apenas logra asimilar ahora, es que Laura se había enamorado de él. Mientras él buscaba divertirse sin ataduras, rechazaba las relaciones convencionales y se perdía en noches sin rumbo, ella permanecía constantemente a su lado, esperando un cambio que nunca llegaba. Él era un caos, un joven sin dirección ni futuro aparente, alguien que decepcionaba continuamente a su hermano Sergio, quien cargaba con el peso de la familia desde que su padre murió de cáncer hacía un año.
Ahora, en la habitación del hospital, Daniel comprende que Laura lo amaba así, tal como era: un completo desastre incapaz de hacer nada bien. Y aunque intenta persuadirse de que su familia lo echará y no podrá explicarle nada cuando despierte, deja una carta bajo su almohada con la esperanza de que algún día encuentre la forma de perdonarlo. Mientras espera, solo le queda observarla, desear que despierte, y revivir aquellos momentos en que ella fue la razón de su vida.
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