Cada primero de agosto, un Simca color cereza se detiene ante una casa de la ciudad. Durante siete veranos, el mismo automóvil transporta a una familia desde Palma hasta Betlem, en la bahía de Alcúdia, a un pabellón militar rodeado de…
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Cada primero de agosto, un Simca color cereza se detiene ante una casa de la ciudad. Durante siete veranos, el mismo automóvil transporta a una familia desde Palma hasta Betlem, en la bahía de Alcúdia, a un pabellón militar rodeado de alambradas. Este libro reconstruye la infancia vivida en ese espacio vedado, donde la arquitectura castrense de los años sesenta convive con los restos megalíticos de antiguos pobladores. Una meditación sobre el paraíso como estado de la infancia y los ritos de paso que marcan el viaje hacia la transfiguración de un lugar real en espacio mítico.
Cada primero de agosto de 1961 a 1968, un automóvil de color cereza —un Simca del Ejército— se detiene ante el número treinta de Vía Alemania. La escena se repite siete veces, siete veranos, siete viajes que atraviesan la isla de Mallorca como quien cruza un continente. El viaje dura toda una mañana, un trayecto iniciático hacia Betlem, en la bahía de Alcúdia, donde espera un pabellón militar anclado en una batería artillera.
El espacio que se describe es un paraíso particular, acotado por alambradas y vigilancia militar. Es el dominio de un teniente coronel de Estado Mayor, artillero diplomado, que ha organizado su mes de agosto en un enclave vedado al mundo civil. La batería se alza sobre una loma con vistas a la bahía, rodeada de un muro de piedra seca, sus edificaciones apenas diferenciables de las casas de la finca adyacente, salvo por los detalles de camuflaje que enmarcan puertas y ventanas. Aquí coexisten dos historias superpuestas: la modernidad militar de posguerra y los estratos arqueológicos de Mallorca, donde los restos megalíticos de pobladores de la Edad del Bronce —navetas, talaiots, dólmenes— se dispersan entre la vegetación xerófila.
El viaje que conduce al paraíso no es un trayecto neutro. Lleva consigo encuentros de aire mítico, rituales que el niño experimenta como pasajes de los Evangelios o de la mitología griega. Primero, la aparición burlona del demonio: una figura carnavalesca con tridente de madera, cuernos y capucha pintada, que brinca junto a la carretera en un acto paródico que desactiva el miedo. Después, el Árbol de la Muerte, un almez enorme cuyo tronco desnudo cuelga de docenas de cadáveres de animales —gatos salvajes, comadrejas, jinetas— en una visión de brutalidad desconocida. Finalmente, el encuentro con el poder terrenal encarnado en un guardabosques armado, ante quien el padre mantiene una distancia serena, sin apelación a su rango militar.
El libro entrelaza memorias de infancia con reflexiones sobre geografía, historia y literatura. La vegetación del lugar recuerda al desierto de los Santos Padres; el paisaje árido y aislado se transforma en espacio mítico a través de la mirada infantil. Los cañones Schneider Canet protegen tanto a los vivos como a los muertos sin continuidad de Mallorca. La arquitectura de los años treinta del edificio urbano encuentra espejo especular en el automóvil que la transporta: ambos anacronismos conviven.
Una meditación sobre cómo el paraíso no se hereda sino que se consigue, sobre la soledad como refugio verdadero, y sobre la transfiguración de un espacio real en mito literario.