Comienza en 1939 cuando un niño de catorce años abandona su aldea para unirse a tropas que tejerán una emboscada contra un convoy japonés. El relato entrelacha el presente de esa noche de guerra con los recuerdos de infancia del padre del…
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Comienza en 1939 cuando un niño de catorce años abandona su aldea para unirse a tropas que tejerán una emboscada contra un convoy japonés. El relato entrelacha el presente de esa noche de guerra con los recuerdos de infancia del padre del narrador: noches junto al río Negro cazando cangrejos, la presencia de su abuela, el tío Arhat Liu, y los campos de sorgo rojo que ondulan como un mar de sangre. Entre la niebla de los campos de batalla y los ecos de memoria, la novela despliega la brutalidad de la guerra.
A mediados del octavo mes lunar de 1939, en el municipio de Gaomi Noreste, un niño de apenas catorce años es enviado por su abuela a acompañar al comandante Yu Zhan’ao en una emboscada contra las tropas japonesas. Junto a la carretera de Jiao Ping, en las entrañas de los campos de sorgo rojo que se mecen como un océano de sangre, el joven será testigo de una masacre: trescientos aldeanos yacen tendidos en la tierra, sus cuerpos rodeados por jaurías de perros que el comandante dispersa a tiros. El olor dulce y corrupto de la muerte impregnará cada momento que siga de su vida.
El relato se teje con la memoria, alternando el presente brutal de la guerra con recuerdos que remontan años atrás. El niño recuerda noches junto al río Negro, cuando su tío Arhat Liu lo llevaba a cazar cangrejos bajo una lámpara de vidrio. Mientras su tío le enseñaba la paciencia —«Los tragones nunca ven las gachas calientes»—, el río susurraba secretos ancestrales y las redes se llenaban de criaturas relucientes. Recuerda también la destilería familiar, donde su abuela, con su aspecto de melocotón luminoso, fumaba opio sin que ello nublara su mente; donde el tío Arhat administraba el trabajo y las mulas negras y fuertes los hacían la familia más rica de la aldea.
En la niebla espesa de los campos de sorgo, mientras sigue al comandante hacia el este-sureste rumbo a la carretera, el joven percibe a sus compañeros de tropa: Wang Wenyi, un hombre menudo con grandes orejas transparentes, que no puede contener sus accesos de tos pese a los castigos del comandante. Los tallos se agitan sin cesar, el sorgo se vuelve vida en sus manos, y cada memoria se mezcla con el presente de la guerra.
El municipio de Gaomi Noreste es descrito con precisión desolada: el lugar más bello y repulsivo, más sagrado y corrompido, más heroico y cobarde del mundo. Sus gentes plantan sorgo porque deben hacerlo, no por amor, y cada otoño los campos se transforman en un mar ondulante donde hileras de figuras rojas han tejido a lo largo de decenios un enorme nido humano de resistencia y violencia. Aquellos que lo habitaron comieron y cosecharon bajo ocupación; aquellos que vinieron después, descendientes poco filiales, palidecen en comparación.
Entre el ruido de pasos de tropas exhaustas, la niebla helada que se posa en las ropas como hielo, y los ecos de balas que silban cortando el aire, germina en el joven la comprensión de lo que sucede: no solo tendrán que matar a soldados enemigos como perros, sino que forman parte de una danza de violencia valerosa y alborotada que define a su pueblo y a su tiempo.