Alfred Donald regresa a su villa en Hollywood y descubre que el retrato de su esposa Dora está vuelto hacia la pared. Este gesto, surgido de una costumbre conyugal, le comunica que ella está enojada.
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Alfred Donald regresa a su villa en Hollywood y descubre que el retrato de su esposa Dora está vuelto hacia la pared. Este gesto, surgido de una costumbre conyugal, le comunica que ella está enojada. Actores de cine ambos, recientemente han filmado una película en la que sus personajes se ven envueltos en escenas apasionadas con otros actores. La exhibición pública de estos momentos ha desencadenado una crisis de celos en su matrimonio, que amenaza con resquebrajar lo que hasta entonces parecía una relación sólida e irrompible.
En una noche clara de Hollywood, Alfred Donald regresa a su villa del Paseo de los Tilos y descubre un silencioso acto de rebeldía: el retrato de su esposa Dora está vuelto hacia la pared. Este gesto, convenido tácitamente entre ambos, anuncia una tormenta matrimonial.
Alfredo y Dora son dos actores de cine que se conocieron filmando juntos hace poco más de un año. Él era un galán prometedor, ella una estrella consagrada. El trabajo conjunto derivó en una historia de amor sincera, lejos de los convencionalismos de la industria cinematográfica de la época. Se casaron en Santa Bárbara, gozaron de una luna de miel en La Florida, y volvieron a los estudios creyendo que habían encontrado el equilibrio perfecto.
Sin embargo, el matrimonio porta una grieta: ambos son propensos a los celos, no por rivalidades artísticas sino por inseguridades personales. Una costumbre ha surgido entre ellos: cuando el enojo arrecía, uno de los dos volvía el retrato del otro como señal muda de hostilidad. Estas tempestades solían disiparse en poco tiempo, pero esta vez la causa no es nimia.
Han filmado recientemente una película en la que Alfred debe conquistar a la novia de un amigo mientras interpreta el papel del marido de Dora. Ella, por su parte, ha ejecutado escenas de seducción tan realistas que Alfred se siente vejado. Ambos han visto el filme en una sesión de gala en el cine chino de Hollywood, y lo que en la pantalla fue un éxito artístico se ha convertido en una herida personal.
La noche del estreno, Dora abandonó furiosamente la sala antes de recibir los elogios. Alfred regresó a casa con el ánimo encendido de ira, pero se encontró con que su esposa se le había adelantado a manifestar su furia. Lo que sigue es una escalada de gestos y palabras que los mantiene separados, protegidos cada uno tras las puertas cerradas de sus alcobas.
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