La muerte de Giuseppe Curzio, el gánster que acaba de abandonar la comisaría tras ser absuelto, despierta un interés que trasciende la mera justicia callejera. Tres tiros lo derriban en las escaleras ante decenas de testigos y fotógrafos.
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La muerte de Giuseppe Curzio, el gánster que acaba de abandonar la comisaría tras ser absuelto, despierta un interés que trasciende la mera justicia callejera. Tres tiros lo derriban en las escaleras ante decenas de testigos y fotógrafos. Días después, sus antiguos socios aparecen en el despacho de Matt Steward, un detective privado áspero y sin rodeos. El motivo no es venganza, sino un seguro de millón y medio de dólares que no pagará si el asesino forma parte del círculo de beneficiarios.
Giuseppe Curzio abandona la comisaría por tercera vez sin cargos que justifiquen su condena. Los reporteros lo acechan en las escaleras, ansiosos por captar el triunfo de quien ha desafiado exitosamente a la ley. Su abogado, Jack Parkin, camina a su lado. Curzio sonríe triunfalmente, consciente de su poder sobre la ciudad. Pero en las escaleras de piedra, tres disparos precisos lo derriban. Cae hacia adelante, muerto, mientras los fotógrafos continúan capturando imágenes de su cadáver.
Días después, la muerte del capo es noticia pasada. Los periódicos, que habían explotado exhaustivamente la historia, la arrinconan cuando pierde actualidad. Pero para algunos, la muerte de Curzio representa un alivio inesperado. El fiscal respira tranquilo: su caso se ha desmoronado, su reelección estaba en peligro. Ciudadanos que anhelaban paz celebran silenciosamente el fin de la violencia que representaba.
Sin embargo, la noticia no pasa desapercibida para todos. En un despacho destartalado, Matt Steward, detective privado, lee los titulares vociferantes con indiferencia. Hasta que, días después, cuatro hombres entran en su oficina sin aviso previo. Steward los reconoce: Jack Parkin, el abogado que acompañaba a Curzio; Bub Malloy, de oscuro pasado; Tony Gonnet, elegante y arrogante; Jacob Mandra, de hombros descomunales e inexpresivo.
Ofrecen doscientos dólares diarios, más gastos, y cinco mil de recompensa si Steward descubre al asesino de Curzio. Un montante generoso que pone al detective sobre aviso. Bajo presión velada, revela la verdadera razón: un seguro de millón y medio de dólares que no pagará si el asesino es uno de los beneficiarios. Todos eran socios de Curzio en la Globe Transport Company, una empresa que encubre sus operaciones criminales.
Steward, sin temor a sus amenazas veladas, exige claridad y acepta el encargo con una condición: seguirá cada pista hasta sus últimas consecuencias, sin importar a quién incrimine. Comienza a interrogar a los sospechosos sobre sus movimientos en el momento del crimen. Jacob Mandra afirma haber estado en el Chequer’s Club, revisando cuentas junto al contable, entre mujeres limpiando y músicos ensayando.
La investigación ha comenzado. Steward deberá desentrañar una trama de dinero, poder y crimen donde los límites entre quiénes buscan justicia y quiénes la burlan se difuminan. Cada declaración, cada coartada, cada silencio estratégico lo acercará a la verdad sobre quién tenía motivos para matar al gánster de la ciudad.
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