En la noche de Tánger, un hombre avanza cautelosamente por los pasillos del Hotel Rex, los zapatos europeos que le oprimen los pies contrastando con su naturaleza árabe.
Descargar
En la noche de Tánger, un hombre avanza cautelosamente por los pasillos del Hotel Rex, los zapatos europeos que le oprimen los pies contrastando con su naturaleza árabe. Su misión es letal: acceder a la habitación 103 y eliminar al huésped norteamericano que duerme. Lo que comienza como un acto calculado de violencia se convierte en fuga desesperada cuando los gritos alertan a otros huéspedes. Perseguido por la Policía Internacional, herido en el muslo, Azim se ve obligado a huir a través de las calles de Tánger hacia la Ciudad Vieja, donde lo espera Zoraida, la mujer que lo envió. Pero la misión no ha resultado como se planeaba.
La noche envuelve a Tánger cuando Azim, un hombre de sangre árabe y tuareg, se adentra en los pasillos del lujoso Hotel Rex con un propósito oscuro. Incómodo con la ropa europea que lo viste, los zapatos que le aprisionan los pies, desciende hacia la habitación 103 portando un puñal frío en el bolsillo. El acto que está a punto de cometer no es un crimen de pasión sino una ejecución planeada, meticulosa, despojada de toda emoción.
Lo que debería ser silencioso y ordenado se desmorona en violencia ruidosa. Azim penetra en la habitación del norteamericano adormecido y lo mata repetidamente, su hoja hundiéndose en el cuerpo indefenso. Pero el grito desgarrador de la víctima despierta a otros huéspedes. El plan se quiebra. Azim debe actuar rápidamente: roba la pistola del muerto, se viste con su chaqueta, y en acto de desesperación anuda sábanas para descender por la fachada.
En la calle, la persecución se desata. La Policía Internacional le cierra el paso, abre fuego. Una bala atraviesa su muslo derecho. Azim salta a un taxi a punta de pistola y el vehículo atraviesa Tánger como una exhalación, dejando tras de sí las calles principales, el cementerio israelita, hasta alcanzar la Ciudad Vieja y sus callejuelas tortuosas. Cojeando, sangrante, Azim penetra finalmente en una casa miserable en la calle del Huerco.
Allí lo espera Zoraida, una mujer cuya autoridad rivaliza con la de cualquier hombre. Su misión ha fracasado: debía obtener una fotografía del norteamericano, pero el documento no estaba en su poder. Azim ha dejado pruebas esparcidas: su chaqueta, el puñal, la llave del cómplice. Zoraida, cuya frialdad infrahumana contrasta con la desesperación del asesino, dicta una sentencia implacable: el viejo Isaac, vendedor de ropa, debe morir antes del amanecer.