Un macero municipal de Madrid sale a las calles de su barrio vistiendo la dalmática y portando la maza de las grandes solemnidades, solo para ser visto por su hijo paralítico.
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Un macero municipal de Madrid sale a las calles de su barrio vistiendo la dalmática y portando la maza de las grandes solemnidades, solo para ser visto por su hijo paralítico. Los vecinos, con su característica expresividad, exclaman que parece el rey de oros. Así comienza esta reflexión sobre la naturaleza del cuento moderno: no como género tradicional orientado a sorprender al final, sino como exploración del instante, del fragmento, de eso que no se cuenta. El autor propone que el cuento contemporáneo debe ser un paréntesis, un vacío transitorio donde el lector experimenta la intensidad de momentos cotidianos sin resolución definitiva.
Un modesto empleado municipal sale a las calles de su barrio vistiendo gala para que su hijo paralítico lo vea transformado. Los vecinos lo apodan el rey de oros. Esta imagen encarna la poética del cuento moderno que el autor expone: aquella en que la sorpresa inaugura la narración, provocando un despliegue de momentos y fragmentos donde reside la verdadera materia literaria.
El prólogo desarrolla una teoría del cuento contemporáneo como género distinto de la novela. Mientras que esta debe contar todo lo anterior y posterior, el cuento moderno se concentra en lo efímero: un transbordo de metro, una escena de barrio, un instante de belleza. Es lo que no se cuenta, un perfume, un paréntesis, una máquina de fotografiar ausencias.
El autor traza la evolución de este género en la literatura española, desde Pío Baroja y el 98, pasando por Azorín, Valle-Inclán y Gabriel Miró, hasta Camilo José Cela. Señala cómo la influencia proustiana permitió valorar lo cotidiano, lo mínimo. El cuento moderno responde a la sensibilidad fragmentaria, relativista y escéptica del hombre contemporáneo, incapaz de creer en las grandes estructuras narrativas cerradas.
Reflexiona sobre cómo el público prefiere la novela al cuento, rezagado respecto del arte verdadero. Pero es en el relato breve donde experimenta el escritor con libertad, donde nacen hallazgos que alimentan la novela. El cuento, obra abierta por definición, debe dar la sensación de haberse escrito a sí mismo. No persigue conclusión sino suspensión, el momento, la impronta de lo vivido.