El viaje de regreso nunca termina. Cuando Héctor Silva aborda el autobús que lo llevará a reclamar la herencia de su abuelo, viaja con la transcripción de una libreta: sus propias notas.
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El viaje de regreso nunca termina. Cuando Héctor Silva aborda el autobús que lo llevará a reclamar la herencia de su abuelo, viaja con la transcripción de una libreta: sus propias notas. En el camino reviven los recuerdos de infancia, el reloj que marcaba los compases de la vida, y la sombra que acecha en dos mundos paralelos. En estas páginas, el tiempo no solo mide instantes, sino que guía destinos ocultos. Una obra que entrelaza dos narrativas donde la memoria, la soledad y lo sobrenatural convergen.
El compás del tiempo. Así resuena desde las primeras páginas de esta obra, donde el tic-tac persiste, marcando no solo instantes sino la estructura misma de dos historias que convergen en lo incorpóreo.
Héctor Silva viaja en autobús hacia San Daniel. Ha heredado la casa de su abuelo Ernesto, quien acaba de fallecer. Mientras el vehículo atraviesa paisajes de vegetación que envuelven la tarde en melancolía, Héctor escribe. Sus notas, encontradas después junto a su cuerpo en las ruinas de aquella casa, son un testimonio de lo vivido en ese lugar pequeño y antiguo, extraño e interesante, donde todo parecía salido de un libro de fantasía.
En la infancia, cada sábado en la casa del abuelo era ritual de historias y enigmas. El anciano, sentado en su gastada silla de ruedas, narraba con voz sublime mientras el viejo reloj de rostro redondo marcaba el tiempo desde un rincón oscuro. Tres manecillas oxidadas, doce marcas en su faz: el Tiempo observaba fríamente, planteando preguntas profundas que perseguirían a Héctor toda su vida.
Esa libreta que Héctor sostenía cuando fue hallado narra también la adolescencia, la mudanza a Las Praderas, la carrera de Letras Hispánicas, y los años que separan la inocencia de la madurez. Cada recuerdo está teñido por ausencias: el padre asesinado cuando su madre aún estaba embarazada; el milagro de la Virgen de Guadalupe en un hospital; el peso silencioso de una madre atormentada por el miedo.
Pero el libro contiene una segunda historia. En Ventisca, un viajero camina solo a través de una planicie blanca infinita. La nieve lo envuelve, la soledad lo define, y el pasado lo persigue en forma de recuerdos olvidados. Guiado únicamente por su voluntad y por el Tiempo desde la distancia, avanza hacia un destino incierto, enfrentando la oscuridad con su propia luz.
Ambas narrativas están conectadas por el tejido invisible del Tiempo y la presencia constante de la Sombra: aquello que acecha, que transforma, que espera. No son historias convencionales; son viajes por la memoria, la culpa, el misterio y lo sobrenatural.