Aurora regresa al pueblo de su infancia huyendo del dolor que consume su alma. Sus tres amigas —Martina, África y Elena— han muerto, y las últimas palabras entre ellas fueron de discordia.
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Aurora regresa al pueblo de su infancia huyendo del dolor que consume su alma. Sus tres amigas —Martina, África y Elena— han muerto, y las últimas palabras entre ellas fueron de discordia. Ahora solo le queda su abuela, su lugar seguro en un mundo que se ha desmoronado. Entre el calor del verano y los preparativos de las fiestas, deberá enfrentar el duelo que la acompaña como una sombra, mientras guarda cartas sin leer que cierran el ciclo de un amor infinito.
Aurora asciende a la roca más alta del pueblo, donde años atrás se escapaba para llamar a su primer amor en susurros nocturnos. Ahora, el corazón le pesa como nunca antes. Ha regresado con ese dolor que consume, con la necesidad de enterrarlo en cualquier lugar para dejar de sentir. No ha estado sola en meses, y la soledad aterradora que la aguarda en el silencio de la tarde es casi más de lo que puede soportar.
Sus tres amigas —Martina, África y Elena— han desaparecido. No una boda, sino tres muertes que han dejado un vacío irreparable en su pecho. Las cartas que se escribieron la víspera de la despedida de soltera de África, esas que juraron no leer hasta después de la boda, permanecen guardadas en una caja de madera. Aurora no se atreve a abrirlas, porque hacerlo sería como decirles adiós para siempre. Las últimas palabras con ellas fueron de pelea, y nunca pudo recordarles cuánto las amaba, que jamás encontraría mejores hermanas que ellas, aunque no lo fuesen por sangre.
Ahora solo le queda su abuela María, esa mujer que años atrás le reveló su verdadero origen. La quiere como a una madre, y es el único refugio que le queda en un mundo resquebrajado. Juntas crean un tándem perfecto de amor, respeto y consideración, a pesar de que la edad va cobrando su precio en la salud de la anciana.
Las fiestas del pueblo se acercan, y la abuela insiste en asistir. Aurora deberá encontrar fuerzas para volver a relacionarse con el mundo exterior. En los campos secos y en la ermita del santo, en esos lugares donde nadie logra perturbarla, buscará la paz que necesita para cicatrizar una herida que teme nunca sanará del todo.
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