Un relato de las creencias adolescentes sobre el amor romántico: su importancia capital, la urgencia de perder la virginidad en la fecha exacta, la convicción de que tener novio lo justificaba todo.
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Un relato de las creencias adolescentes sobre el amor romántico: su importancia capital, la urgencia de perder la virginidad en la fecha exacta, la convicción de que tener novio lo justificaba todo. La narradora revive sus años de instituto en Stanmore, una urbanización de las afueras de Londres, donde descubrió en internet y el MSN Messenger un espacio de libertad nunca antes imaginado, donde chicos fantasma se convirtieron en sus primeros amores virtuales, donde la amistad con Lauren transformó todo, y donde cada tarde esperaba con danza el sonido del módem conectándose.
El sonido que acompañó toda su adolescencia fue el de la conexión a internet: notas electrónicas que indicaban cada fase del acceso, desde los avisos iniciales hasta ese silencio final que declaraba “Conectado a internet” en la pantalla. Cada tarde, después de clase, esperaba ese momento en danzas rituales que le permitían escapar de Stanmore, una urbanización de las afueras de Londres donde todas las casas parecían idénticas, los coches iguales, y la única forma de expresión era gastar dinero en ampliaciones de cocina y vacaciones todo incluido.
Crecía en un vacío identitario de moquetas beis y centros comerciales, demasiado lejos de Londres para ser sofisticada, demasiado cerca como para ser rural. Su salvación fue internet, específicamente el MSN Messenger, una habitación virtual donde pasaba horas cada tarde y fin de semana. Allí descargaba direcciones de correo de amigas que le presentaban chicos fantasma: ahijados de madres, primos segundos, ocasionales conocidos de vacaciones tan exóticos como alguien de Maidenhead. Aquellas conversaciones de texto con adolescentes desconocidos, sus fotos de perfil diminutas y sus descripciones de sí mismos, se convirtieron en su primer encuentro real con el sexo opuesto, en las reglas complejas de un cortejo que ocurría en línea.
La transformación llegó a los quince años, cuando conoció a Lauren: una guitarrista con pelo alborotado, pecas y ojos de color avellana. Después de una cena en una cadena italiana de Stanmore, comenzaron a ensayar en el cobertizo del jardín de Lauren, formando un grupo musical. Pero además de tocar juntas, hacían algo más singular: transcribían las conversaciones del MSN con chicos en documentos de Word, las imprimían y guardaban en archivadores de anillas para leerlas antes de dormir como si fueran novelas.
La narradora recuerda con ironía las certezas de su adolescencia: que el amor romántico era lo más importante del mundo, que quedarse virgen después de los dieciocho años garantizaba serlo siempre, que los chicos mayores no tenían expectativas tan altas. A través de estas creencias ingenuas y el retrato de una época específica —internet dial-up, concursos televisivos, series británicas—, revive una etapa donde las afueras grises de Londres se convirtieron en escenario de descubrimientos, donde el MSN fue un lugar tan real como cualquier habitación, donde internet significó la primera fuga de la indolencia hacia la abundancia de vida humana.
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