A las tres de la mañana, sin poder dormir, François Combe abandona su apartamento de Greenwich Village en zapatillas y abrigo sin abrochar. Camina por las calles vacías de Nueva York, obsesionado por sus vecinos: J.K.C.
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A las tres de la mañana, sin poder dormir, François Combe abandona su apartamento de Greenwich Village en zapatillas y abrigo sin abrochar. Camina por las calles vacías de Nueva York, obsesionado por sus vecinos: J.K.C., pintor, y Winnie, que llega cada viernes desde Boston. Sus encuentros apasionados lo atormentan las noches. En un bar de madrugada conoce a Kay, una mujer austriaca que acaba de perder su hogar. Juntos recorren la ciudad hasta el amanecer, unidos por una atracción silenciosa nacida de la soledad compartida.
François Combe lleva seis meses en Nueva York, en Greenwich Village, incapaz de dormir. A las tres de la mañana abandona su apartamento en zapatillas. Su insomnio proviene de sus vecinos: J.K.C., un pintor, y Winnie, que viaja desde Boston cada viernes. Observa fragmentos de sus vidas: ella llega siempre a la misma hora, cenan juntos, beben mucho. Sus encuentros son violentos, apasionados. Winnie grita, llora, vómita. Las paredes son finas. Combe escucha todo. Lo obsesiona especialmente la Winnie del amanecer, la que se levanta a las siete y se va sola mientras él duerme.
Esa noche, en un bar de madrugada, Combe se sienta junto a una mujer que fuma como en las películas estadounidenses. Se llama Kay. Nació en Viena, vivió en París, pasó dos inviernos en un sanatorio en Suiza por razones de salud. Tiene una hija en Europa. Hace horas perdió su hogar: compartía un departamento con Jessie, cuyo marido Ronald regresó inesperadamente. Cuando Kay volvió, la puerta estaba cerrada.
Combe y Kay caminan por Nueva York entre la noche y el día. Recorren la Quinta Avenida, buscan iglesias cerradas, entran en bares clandestinos. Kay tropieza con sus tacones y se cuelga de su brazo. Ella habla mucho, de gente cuyos nombres Combe desconoce. Él camina con miedo de perderla.
Cuando ella dice, “Desde esta mañana no vivo en ninguna parte”, algo en Combe se quiebra. Están cansados, con los párpados humedecidos, frente a un escaparate. Él agarra sus muñecas. Así, sin hablar demasiado, entran juntos en el Lotus Hotel a las seis de la mañana.
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