Un hombre relata cómo su familia encontró en sus vecinos alemanes —una pareja de jubilados educados— el cuidado ideal para sus hijas mientras ellos trabajaban.
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Un hombre relata cómo su familia encontró en sus vecinos alemanes —una pareja de jubilados educados— el cuidado ideal para sus hijas mientras ellos trabajaban. La comodidad inicial de dejar a la pequeña Ofri en manos de Hermann y Ruth se erosiona cuando comienzan a manifestarse síntomas inquietantes: el olvido creciente del anciano, su comportamiento cada vez más errático. En los recuerdos del narrador conviven la gratitud y la culpa, la negligencia deliberada y las señales ignoradas que precedieron a lo que vendría después.
Un hombre adulto reflexiona sobre la relación que su familia —él, su esposa Ayelet y sus dos hijas, Ofri y Yaeli— mantuvo durante años con sus vecinos Hermann y Ruth, una pareja de jubilados alemanes. La narración comienza en un momento íntimo: apenas semanas después del nacimiento de Ofri, cuando la recuperación posparto de Ayelet aún es lenta, la pareja comienza a dejar a la bebé en manos de los vecinos. La excusa inicial es sencilla: necesitan tiempo para ellos. La practicidad del arreglo es innegable. Hermann y Ruth están siempre disponibles, parecen disfrutar con la compañía de la niña, y cobrar solo veinte séqueles la hora —cuando el mercado ya pide el doble— hace del cuidado una solución económica tentadora.
Con el tiempo, la confianza se profundiza. Los Wolf son gente de buenos modales, educados según la tradición de los emigrantes alemanes en Israel. Hermann, impecablemente vestido; Ruth, profesora de piano, es la clase de mujer que jamás se quejaría del salario bajo. Tienen nietos esparcidos por el mundo, y cuando estos no están, Ofri se convierte en el foco de su atención.
El hombre reconoce que la comodidad de aquel arreglo nubló su juicio. Siempre hubo señales: detalles en el comportamiento de Hermann hacia la niña que sus padres eligieron no examinar. El beso solicitado con frecuencia creciente, la forma en que la tocaba. Pero mientras Ayelet lidia con la llegada de una segunda hija enferma, el recurso a Hermann y Ruth se vuelve casi cotidiano.
Es la propia Ofri quien primero advierte que algo se quiebra en el anciano. Con precisión, anuncia que Hermann está “estropeado”: olvida dónde ha puesto sus gafas, confunde mandos, ha olvidado su propio nombre. Poco después, Ruth aparece para compartir una confesión dolorosa: encontró a Hermann deambulando por la calle, perdido, pidiendo direcciones a extraños. La enfermedad lo está borrando.
Aquella noche, el narrador toma una decisión que nunca ejecutará: que Ofri no vuelva a quedarse sola con Hermann. Que paguen lo que deben. Pero días después, cuando Yaeli requiere más pruebas médicas, la pareja vuelve a cuidar a Ofri, de nuevo sin pago.
La novela es un acta de confesión. El hombre relata su propia debilidad, su deseo de no ver, cómo la vida doméstica no justifica pero explica el silencio. En las páginas late la pregunta nunca formulada directamente: ¿qué pasó después?