La ceremonia en París quedó atrás cuando Bruno Malatesta dispersó las cenizas de Rita en el Sena. Pero la ciudad de las luces no le devuelve la paz. Una carrera nocturna entre pilotos de Fórmula 1 termina en tragedia en las afueras de Roma.
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La ceremonia en París quedó atrás cuando Bruno Malatesta dispersó las cenizas de Rita en el Sena. Pero la ciudad de las luces no le devuelve la paz. Una carrera nocturna entre pilotos de Fórmula 1 termina en tragedia en las afueras de Roma. En un bar de Módena, consumido por el whisky y el insomnio, Bruno se topa con los hilos de un nuevo caso que amenaza con arrastrar lo poco que le resta de humanidad.
La ceremonia en París marca el cierre de una era. Bruno Malatesta, de pie en la popa de una barcaza que desciende por el Sena, dispersa lentamente las cenizas de Rita en las aguas grises de la capital. No es un funeral común, sino un último viaje compartido, un gesto de amor entre la ciudad que ella adoraba y la persona que la amaba. La Torre Eiffel brilla como en señal de despedida. Notre-Dame presencia el adiós. La lluvia cae, y sus lágrimas se mezclan con el agua del río.
Roma despierta sin piedad. Una noche de luna llena, dos pilotos conducen antiguos Fórmulas 1 en una carrera ilegal que quiebra la medianoche. Es adrenalina pura, un duelo de velocidad entre máquinas capaces de alcanzar los trescientos kilómetros por hora. Los bólidos avanzan paralelos, rugientes, cada conductor dispuesto a todo con tal de cruzar la meta primero. La velocidad devora los kilómetros. Las curvas aparecen como obstáculos inevitables. Cuando los frenos fallan, cuando el control se disuelve en décimas de segundo, uno de los vehículos abandona la realidad. Salta, gira, se desmorona en el aire. Metal destrozado se esparce en la autopista vacía como restos de una batalla silenciosa.
Módena, días después. Un bar tranquilo en las horas de media mañana. Bruno está sentado en la barra, pidiendo una copa tras otra. El whisky es su refugio desde que Rita fue arrebatada de su vida. Giorgio, el dueño del bar, lo mira con preocupación y cansancio. Intenta sacudirlo, devolverlo a la realidad, ofrecerle un trabajo, una razón para vivir. Pero Bruno habita otro territorio, sumergido en el luto y la culpa. Los días pasan iguales, vasos vacíos, televisores que hablan de un mundo que no le pertenece. Sin embargo, en las sombras, algo se mueve. Los hilos de un nuevo crimen comienzan a entrelazarse. Las piezas de un caso vuelven a despertar. Y aunque Bruno quisiera permanecer anestesiado en el olvido, aunque desearía que el destino lo dejara en paz, ya sabe que eso nunca sucederá. Algo, alguien, vendrá a buscarlo.