La fumata blanca asciende sobre la Plaza de San Pedro en la tarde del 13 de marzo de 2013. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, es elegido Papa con el nombre de Francisco.
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La fumata blanca asciende sobre la Plaza de San Pedro en la tarde del 13 de marzo de 2013. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, es elegido Papa con el nombre de Francisco. Para el Cardenal Carlos Amigo Vallejo, presente en el cónclave, este pontificado marca un quiebre en la historia contemporánea de la Iglesia. Estos textos recogen las reflexiones de un testigo de excepción sobre la sorpresa de la elección, los pronósticos fallidos de los analistas, y el programa pastoral de un Papa que sitúa la misericordia, la vocación de servir a los pobres y la escucha del pueblo en el centro de su ministerio.
La tarde del 13 de marzo de 2013, cuando la fumata blanca emerge del Vaticano, marca el comienzo de un nuevo capítulo en la historia de la Iglesia católica. El Cardenal Bergoglio de Buenos Aires se convierte en el Papa Francisco, sorprendiendo a propios y extraños. Este libro es la crónica reflexiva del Cardenal Carlos Amigo Vallejo, arzobispo emérito de Sevilla, quien asiste como elector a uno de los conclaves más significativos de los últimos tiempos.
Los expertos no lo veían venir. Los pronósticos hablaban de tecnócratas o gerentes de empresas que pusieran orden en una institución que parecía desmoronarse. Nadie anticipaba la elección de un Papa latinoamericano—el primero desde Gregorio III en el siglo VIII—ni de un jesuita. La ruptura con las expectativas es total, y sin embargo, la Iglesia y el mundo parecen estar sedientos de precisamente aquello que el nuevo Papa representa.
Amigo Vallejo, testigo presencial de estos eventos, reflexiona sobre el perfil esperado versus la realidad del elegido. Las listas de papables no contemplaban a Bergoglio. Se buscaba orden, eficacia empresarial, soluciones inmediatas a crisis de gestión. Lo que llegó fue algo radicalmente diferente: una invitación a salir de sí mismo, a descender a las periferias donde vive el sufrimiento, a ejercer el poder como servicio, a dejarse guiar por la compasión y la misericordia.
El programa pastoral del Papa Francisco emerge claro en sus primeras semanas. No es un catálogo de reformas administrativas, sino una reorientación espiritual profunda. La Iglesia debe ser pobre y estar con los pobres. Debe escuchar la voz de quienes sufren. Debe mantener viva la sed de lo absoluto frente a una visión unidimensional del ser humano. Debe ejercer el diálogo ecuménico e interreligioso desde la estima recíproca. El pastor debe tener olor a oveja, debe conocer el latido del corazón de su rebaño.
En estas páginas, un cardenal que ha conocido a papas desde Pío XII reflexiona sobre lo que significa elegir un nuevo sucesor de Pedro en tiempos de incertidumbre. Es una meditación sobre la Iglesia como comunidad viva, sobre el discernimiento que requiere la fe, sobre la manera en que la gracia del Espíritu obra a través de lo inesperado para guiar a la Iglesia en su peregrinaje por el mundo.
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