Carmen desciende de un autobús en Órgiva con una única maleta. A los treinta y dos años lleva cicatrices que nadie ve: el cáncer le costó un pecho, y su marido desapareció el mismo día de la operación.
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Carmen desciende de un autobús en Órgiva con una única maleta. A los treinta y dos años lleva cicatrices que nadie ve: el cáncer le costó un pecho, y su marido desapareció el mismo día de la operación. Profesora de Literatura que regresa tras años de ausencia forzada, Carmen llega a este pueblo de montaña en Sierra Nevada esperando desaparecer. Pero un encuentro casual con un pastor y una mariposa de colores le recuerda algo que creía perdido para siempre: la posibilidad de sonreír.
Carmen Mejías es una profesora de Literatura de treinta y dos años que llega a Órgiva, un pequeño pueblo de La Alpujarra granadina, con una única maleta y los restos dispersos de una vida que el cáncer desmanteló hace apenas años. La enfermedad no solo le arrebató un pecho; también le quitó a Carlos, su marido, quien no supo estar a su lado en la recuperación. Tres años pasó Carmen casi inmóvil, sumida en una depresión tan profunda que perdió las ganas de vivir. Sus hermanos la cuidaron por turnos durante esa noche larga.
Ahora, tras obtener el reingreso a la enseñanza, Carmen escoge un destino que nadie quería: una plaza de profesor en un instituto de pueblo, lejos del ruido de Sevilla, lejos de los lugares donde alguien pudiera reconocer a la mujer que fue antes. Desciende del autobús al atardecer, delgada hasta la transparencia, los ojos oscuros y ojerosos reflejando un cansancio que va más allá de lo corporal. Es consciente de que algo ha cambiado: ya no quiere vivir, pero tampoco quiere dejar de hacerlo de manera dramática. Simplemente quiere pasar desapercibida.
En el camino hacia el pueblo, se cruza con un pastor barbudo que cuida un rebaño de cabras. Es un encuentro fugaz, casi fortuito, pero en ese instante Carmen nota una mariposa de colores posada en su pecho: roja, azul, verde, amarilla, con círculos como ojos que la observan desde las alas. El pastor sonríe viendo el insecto. Y Carmen, quien no ha sonreído desde que perdió un pecho y un marido en el mismo día, devuelve la sonrisa. Es un gesto pequeño pero decisivo, el primer síntoma de que algo en su interior ha comenzado a cambiar.
Al día siguiente llega a su primer día de clase en el Instituto Alpujarra. Se cruza con Ángeles, la conserje de sesenta años que mezcla cordialidad con una curiosidad aldeana sin filtros, y con Sofía, la directora. En estas primeras horas en un lugar donde nadie la conoce, Carmen da sus primeros pasos vacilantes hacia algo que podría parecerse a vivir de nuevo.
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