Jordan Townsende observa desde la ventana de Hawthorne cómo su madre se entrelaza en amores vedados mientras su padre hace lo propio. A los dieciocho años, el futuro duque ya ha aprendido que la vida es un juego de engaños y deseos.
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Jordan Townsende observa desde la ventana de Hawthorne cómo su madre se entrelaza en amores vedados mientras su padre hace lo propio. A los dieciocho años, el futuro duque ya ha aprendido que la vida es un juego de engaños y deseos. Lejos de allí, Alexandra Lawrence, una chica inteligente y sensible de trece años, vive bajo el amparo de su sabio abuelo, ignorante aún del cinismo que acecha en el mundo. Cuando sus destinos converjan, ambos descubrirán que el amor puede ser más poderoso que cualquier prejuicio o desengaño previo.
En la mansión de Hawthorne, durante una fiesta de cumpleaños, Jordan Townsende permanece de pie ante una ventana, observando los jardines con una indiferencia que resulta inquietante en alguien tan joven. A los dieciocho años, el futuro duque ya comprende los secretos que se ocultan detrás de puertas cerradas y encuentros furtivos. Desde su ventana, presencia cómo su madre emerge de entre los setos del laberinto con el marido de otra mujer, cómo su padre hace lo propio con su amante de turno. La escena apenas provoca en Jordan una mueca irónica.
Su cinismo no es producto de la inexperiencia juvenil, sino del conocimiento precoz. Jordan entiende a las mujeres con claridad inquietante, comprende sus deseos ocultos y contradicciones. Cuando lady Catherine intenta seducirlo, él la rechaza con una frialdad que hiere profundamente. No desea acostarse con la esposa del amante de su madre. Ya hay en su juventud una fatiga que solo conocen quienes han visto demasiado, quienes comprenden que el honor femenino es frágil.
Mientras Jordan contempla aquel mundo de apariencias desde Hawthorne, en la aldea rural de Morsham crece una niña diferente. Alexandra Lawrence tiene trece años, cabello castaño rizado, ojos verde azulados e inteligencia que supera su edad. Su abuelo, el señor Gimble, le ha proporcionado educación excepcional: filosofía, latín, historia, matemáticas. Bajo su tutela, Alexandra ha aprendido que la verdadera belleza reside en el espíritu, que la vida debe vivirse según principios éticos inquebrantables.
Pero el mundo no valida siempre lo que el abuelo enseña. Su padre, George Lawrence, un hombre atractivo que llegó un día con el carruaje averiado, la observa con decepción apenas disimulada. Con maestría seductora, George convenció a Felicia para abandonar sus principios en horas. El abuelo, furioso, apareció con escopeta para asegurar que habría matrimonio. Desde entonces, George apenas visita dos veces al año, prefiriendo Londres, donde sus conexiones sociales le permiten vivir sin trabajar.
Alexandra sigue buscando la aprobación de ese padre distante, ajena al cinismo que define a Jordan. Cuando lo ve llegar corre hacia él con alegría sincera. Ella aún no comprende que el mundo puede ser tan cruel como el que Jordan presencia en Hawthorne. Su abuelo la protege, pero esa protección es temporal.
Estos son dos mundos opuestos que pronto convergerán: el del cinismo precoz y el de la inocencia que subsiste. Cuando Jordan conozca a Alexandra, cuando vea en sus ojos la pureza que ha perdido, algo en ambos comenzará a transformarse de formas que ninguno podría anticipar.
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