En junio de 1966, una joven de diecinueve años escribe una carta a Jean-Luc Godard tras ver Pierrot el loco. Es un acto sin pensar, una confesión de admiración.
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En junio de 1966, una joven de diecinueve años escribe una carta a Jean-Luc Godard tras ver Pierrot el loco. Es un acto sin pensar, una confesión de admiración. Semanas después, mientras recoge melocotones en Provenza, suena el teléfono: Godard la ha localizado con determinación. Necesita verla. De ese gesto impulsivo nacen encuentros diarios frente a un ayuntamiento que marcarán ambas vidas.
Una joven de diecinueve años participa en el rodaje de Al azar, Baltasar de Robert Bresson. Su mundo parisino gira en torno al cine y la literatura, rodeada de intelectuales admiradores de Sartre y Beauvoir. Jean-Luc Godard aparece brevemente en su vida en tres encuentros incómodos: una comida obligada, un café, un choque en las escaleras.
Cuando ve Pierrot el loco, algo se quiebra. La película la sobrecoge de un modo inesperado. Sin medir las consecuencias, escribe una carta a Godard en Les Cahiers du Cinéma, un gesto que se convierte en confesión de amor, enviado sin dirección de regreso.
Semanas después, en la Provenza, recoge melocotones en una mansión del siglo XVIII. Una noche, el teléfono suena: Godard. Ha tardado en localizarla, viajaba en Japón, pero cuando recibió su carta casualmente, perseveró. Necesita verla. Mañana, a las doce, ante el ayuntamiento.
Lo que sucede es una repetición ritualística de encuentros. Godard llega cada día con un libro. Caminan en pueblos cercanos a Aviñón. Habla sin pausa, como si temiera el silencio. Regala cuartetos de Mozart, el Nadja de Breton. Comen en el mismo restaurante, en la misma mesa, celebrando ese ritual que los contiene. Se observan de reojo, se sostienen las manos sobre el mantel con cautela, como descubriendo el tacto físico por primera vez.
En los trayectos de retorno en automóvil, ambos sienten una tristeza sin nombre. El silencio pesa. La separación inminente parece insoportable.
Godard le cuenta que hace un año vio su fotografía en Le Figaro durante el rodaje de Bresson y se enamoró de esa imagen. La buscó sin éxito en cafés, escaleras, proyecciones. Cuando vio su carta, fue como si el destino cediera finalmente.
Ella comparte sus secretos: su primer amor infeliz, sus admiraciones literarias. Entre lo dicho y no dicho, dos vidas convergen en el verano de 1966, cuando París estaba reinventando el cine y la literatura.
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