Vicente Herrero, último habitante de Bovedilla de Campos, se viste con su mejor traje negro para llevar a cabo lo que ha planeado meticulosamente.
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Vicente Herrero, último habitante de Bovedilla de Campos, se viste con su mejor traje negro para llevar a cabo lo que ha planeado meticulosamente. En la tarde radiante de febrero, mientras recorre las ruinas del pueblo, sus calles despobladas despiertan recuerdos de infancia: la escuela donde aprendió a leer, la iglesia que mantuvo en pie, los amigos que se fueron. Un acto que cierra quinientos años de historia castellana.
Vicente Herrero despierta a las cuatro de la tarde, dispuesto a ejecutar lo que ha preparado con precisión extrema. Se afeita con cuidado a pesar de cortarse el pómulo, se ducha, viste el único traje que posee: negro con discretas rayas azules, nunca antes usado. Las gafas, elemento central de su vida entera, lo observan desde un espejo desportillado.
Mientras se prepara, el silencio lo rodea de voces del pasado: la de su padre Florencio, la de su madrastra Consuelo. Habla consigo mismo, costumbre heredada del perro Lobo que murió hace un año. Evoca la llegada del primer Land Rover, que Nisio predijo traería la ruina; menciona la televisión y los anuncios de coches que inspiraron a otros a marcharse; recuerda a Germán el herrero, cuyos fuegos se apagaron tiempo atrás.
En el bar de Villarramiel formó parte de una peña del Atlético de Madrid llamada Los Comuneros, junto a Mariano Álvarez de Castro, estudiante de Historia; Serafín Calderón, prejubilado de Telefónica; don Julián el cura, y Honorito. Amigos que compartieron partidos y comidas, la ilusión de pertenencia. Pero ni siquiera esos vínculos pueden retenerlo.
Recorre el pueblo en ruinas por última vez: la escuela desportillada donde el maestro lo obligaba a leer sobre Troya mientras temblaba tras sus gafas nuevas; la casa del abuelo guarnicionero donde pasó horas entre virutas de cuero; casas de Teresita y otros amigos, todas convertidas en piedras. Elige para el acto final el ayuntamiento, edificio oficial en la plaza central, porque considera esto un acto oficial que cierra la historia del pueblo. Su lucidez permanece intacta: sabe que si tuviera a alguien que lo quisiera no lo haría.
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