Un burgués madrileño se aferra a la ilusión de ser un hombre de razón mientras ve un partido de fútbol en casa, insistiendo en que le relaja profundamente.
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Un burgués madrileño se aferra a la ilusión de ser un hombre de razón mientras ve un partido de fútbol en casa, insistiendo en que le relaja profundamente. Pero esta aparente calma se desmorona cuando afloran las grietas de su vida real: un affair con su secretaria que acaba de terminar, una hija en la cárcel del extranjero por drogas, sus prejuicios raciales. La novela expone con ironía despiadada cómo la hipocresía y la negación sostienen su frágil equilibrio, hasta el momento en que, de repente, todo se quiebra.
Sentado en su sillón frente al televisor, un burgués español se niega a admitir que la rabia lo consume mientras sigue los incidentes de un partido de fútbol. Su mujer, con insistencia maternal, le pide que se tranquilice, pero él rechaza enfurecido cualquier sugerencia de que no es un hombre sereno y reflexivo. Durante veinte años de matrimonio, ha construido una imagen de sí mismo como un ser de razón pura, incapaz de dejarse arrastrar por pasiones irracionales.
Esta pretendida serenidad se desmorona cuando el narrador expone las grietas profundas de su vida. Esa misma mañana ha recibido dos golpes devastadores: una carta de su secretaria, con quien ha mantenido una relación clandestina durante años, anunciando que lo abandona porque ya no soporta ser la amante oculta; y la noticia de que su hija mayor está en la cárcel de un país asiático, encarcelada por tráfico y consumo de drogas, no estudiando inglés en Londres como le había dicho.
El relato despliega con precisión quirúrgica cómo este hombre ha justificado sus comportamientos más contradictorios mediante sofismas de pensamiento. Defiende su hipocresía como generosidad, su adulterio como deber de solidaridad con los compañeros de trabajo, sus prejuicios raciales como razón práctica. Mientras el partido avanza y su equipo encaja goles, sus pensamientos revelan la verdad que niega: es un hombre consumido por la rabia, la frustración y el desprecio hacia quienes lo rodean, incluyendo a la esposa cuya bondad lo incomoda.
Luego, en una ruptura abrupta de tono, el narrador introduce una segunda parte: « Un día, de repente, sucede ». El protagonista, después de décadas siendo un devoto del fútbol, pierde de pronto todo interés por él. No puede explicar cuándo ni cómo ocurrió, y ofrece la frase hecha como coartada para evitar profundizar. Esta pérdida aparentemente repentina ocultaría un cambio más profundo: el colapso de los mecanismos psicológicos que le permitían mantener su ficción de ser un hombre razonable.
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