Un inspector atrapado en su propia culpa. P.T. Marshall duerme en su camioneta fuera de un club de striptease en Mason Falls, Georgia, consumido por la muerte de su esposa.
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Un inspector atrapado en su propia culpa. P.T. Marshall duerme en su camioneta fuera de un club de striptease en Mason Falls, Georgia, consumido por la muerte de su esposa. Obsesionado con repartir justicia absoluta, visita una noche a una stripper maltratada y amenaza a su agresor. Al amanecer, ese mismo hombre aparece muerto, estrangulado. La stripper es sospechosa. Marshall debe investigar un caso donde sus acciones de la noche anterior lo convierten en parte del enigma que debe resolver.
En las calles numeradas de Mason Falls, Georgia, donde aviones descartados se repintan para servir de nuevo, vive P.T. Marshall, inspector de policía atrapado en el purgatorio de su propia obsesión. Desde que su esposa Lena murió en un accidente hace meses, ha abandonado toda pretensión de seguir reglas. Lo único que le queda es la justicia absoluta, sin matices, sin ley que valga.
Vive en su camioneta con Purvis, su bulldog de siete años, durmiendo afuera de bares y clubes de striptease. Cada madrugada lo despiertan sus propios gritos en sueños, y cada amanecer busca una razón para seguir adelante.
Una noche, Horace, el portero corpulento de The Landing Patch, lo despierta de sus pesadillas. Dentro del club, una stripper llamada Crimson le ha dejado una dirección. Es una pelirroja cubierta de moratones, víctima de un novio violento que la golpea sin piedad. Ella confía en que Marshall, con su placa, pueda intimidar al agresor, hacerlo entrar en razón.
Marshall acude a la dirección en la oscuridad. Encuentra a Virgil Rowe, un neonazi de veintinueve años, musculado y dormido en el sofá. Lo golpea. Lo amenaza con su pistola. Le ordena que no vuelva a tocar a la mujer. Se va creyendo haber repartido justicia.
Horas después, a primera luz, suena el teléfono de Marshall. Su compañera Remy Morgan lo llama: tienen un homicidio. Un hombre muerto, probable golpiza, neonazi con antecedentes.
Marshall llega a la escena y reconoce la dirección. Es la casa de Crimson. Virgil Rowe está muerto, sentado en el sofá donde Marshall lo dejó. Alguien lo estrangularon. La médica forense examina el cadáver: vértebras cervicales rotas, costillas fracturadas. Fue una ejecución metódica.
Y Crimson está ahí, en una patrulla, pidiendo abogado.
Marshall se enfrenta a un enigma donde sus propias acciones lo convierten en cómplice involuntario. Entre su obsesión por la justicia y su deber como investigador, debe descubrir quién mató a Virgil Rowe, perseguido por las consecuencias de buscar justicia cuando la ley se interpone en el camino.
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