Dentro de una bolsa de basura azul, asfixiándose en el sofá de su casa, Gabrielo espera una muerte que nunca imaginó. Dos asaltantes del pueblo olvidaron hacer un agujero en la bolsa.
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Dentro de una bolsa de basura azul, asfixiándose en el sofá de su casa, Gabrielo espera una muerte que nunca imaginó. Dos asaltantes del pueblo olvidaron hacer un agujero en la bolsa. Este hombre que trepó durante décadas en las estructuras criminales locales, que tejió redes de favores y violencia, descubre que su fin no será memorable sino estúpido: una muerte accidental por una cantidad insignificante de dinero, sofocado en la oscuridad perfumada mientras su memoria intenta dar sentido a una vida pequeña.
Gabrielo asfixiado dentro de una bolsa de plástico azul, tendido en el sofá de su propio salón, las manos atadas atrás: así comienza el último suspiro de un hombre que pasó décadas construyendo poder en los márgenes oscuros de un pueblo de Canarias.
Dos ladrones chapuceros cometieron un error de segundos. Olvidaron hacer un agujero en la bolsa. Fue un olvido derivado de las prisas, la torpeza, o la simple indiferencia. Un gesto casual que en un mundo justo sería insignificante, pero aquí, dentro del espacio que se cierra cada vez más, se convierte en sentencia de muerte lenta.
Gabriel —Gabrielo para los vecinos— pasó su vida apostando a muertes diferentes. Imaginaba el infarto, el cáncer, la bala de una escopeta empuñada por su hermano en un ataque de ira. Se veía muriendo de formas grandes, memorables, dignas de quien jugó al borde del abismo. Pero la realidad es más modesta: muere por chatarra, por menos de cinco mil euros, sofocado en la oscuridad azul de una bolsa de basura perfumada.
En la penumbra del sofá, mientras el aire se enrarece y la lucidez persiste, Gabrielo recorre los corredores de su memoria. Evoca al Viejo —ese Colacho que lo guió hacia el poder criminal—, recuerda a Tano y Saulo, sus compañeros en los Cachorros de Colacho, ese colectivo de trepas que aprendieron que en esta parte del mundo los apodos son fáciles de poner y difíciles de quitar. Ve el camino que eligió: rechazar la rectitud de su padre —el trabajador honesto que se llevó solo un traje a la tumba— para abrazarse a la corrupción, los favores, la gestión de residuos convertida en un negocio múltiple de contratas y mordidas.
La novela no celebra esta vida ni la condena con facilidad. Solo la observa mientras transcurre, segundo a segundo, en la asfixia. Una vida que se vuelve absurda no por sus crímenes sino por su insignificancia final. Gabriel, que manejó cientos de miles, que pasó décadas rodeado de poder y miedo, muere por la incompetencia de dos muertosdehambre que ni siquiera buscaron la caja fuerte detrás del cuadro.
Dentro de la bolsa, mientras permanece lúcido, Gabrielo piensa en la musaraña etrusca: el mamífero más pequeño del mundo, con corazón acelerado, que vive solo para comer. Como él ahora: sus pulmones en combate, su corazón inútil. No puede controlar el ritmo cardíaco ni la respiración profunda que se impone sin su permiso. Solo puede racionar el aire, pensar en soluciones imposibles, esperar a Nisita, que nunca viene lunes.
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