Un hombre en un banco del parque observa sus uñas: amarillas y negras. Su acompañante sonríe y dice «Como taxis». Así comienzan los fragmentos de este dietario escrito entre 2011 y 2016, donde un escritor registra lo que la velocidad de…
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Un hombre en un banco del parque observa sus uñas: amarillas y negras. Su acompañante sonríe y dice «Como taxis». Así comienzan los fragmentos de este dietario escrito entre 2011 y 2016, donde un escritor registra lo que la velocidad de los días amenaza con llevarse: escenas cotidianas que atrapan una verdad, reflexiones sobre la escritura y la edad, anécdotas de teatro y de viajes, momentos en los que la belleza asoma en los rincones más inesperados. No son apuntes conforme se viven los días, sino notas elegidas, depuradas, que buscan la precisión y el brillo de lo observado con cuidado.
En un banco del parque, un hombre repara en sus uñas: amarillas y negras. Su compañera sonríe y responde: «Como taxis». Con esa imagen comienza el ritmo de este dietario, un conjunto de cuadernos y columnas escritas entre 2011 y 2016 que constituye el intento de sujetar lo que escapa al paso del tiempo.
El autor no quiere un diario de fechas y hechos encadenados —eso le parece una esclavitud—, sino fragmentos que capturan la atmósfera de un momento, el perfil que define a una persona, la pincelada que revela la esencia de una época. Escribe para fijar la mirada, para observar con mayor precisión antes de que todo pase demasiado rápido, antes de que la vida entera se afantasme.
Las páginas se pueblan de historias menudas: Héctor que regresa a Montevideo después de treinta años y, por un instante, ve a su primer amor en la cara de su hija. El loro Kostia perdido desde mediados de febrero en la avenida de Roma. Lady Espert cenando en un restaurante donde los camareros cantan ópera, ella con sus casi ochenta años cantando de memoria las letras de zarzuela, su voz de muchacha. Un violinista húngaro tocando en la esquina como salido de un cuadro de Chagall. Un conejo blanco que vivió media vida detrás de una barra de bar.
Pero también hay reflexión: sobre qué es la cultura y por qué la curiosidad es su alimento; sobre los sueños como visiones del infierno o ventanas a lo olvidado; sobre cómo la ironía ya no tiene cabida en estos tiempos; sobre la diferencia entre el teatro y el cine, entre lo imaginado y lo mostrado. Hay citas de escritores y maestros de actores, notas sobre lectura, apuntes sobre la propia enseñanza, observaciones sobre cómo brota lo mejor y lo peor de las personas cuando arrecia la presión.
El dietario es una forma que le permite la libertad: mezclar tonos, jugar con géneros, pasar de la anécdota al aforismo, de la crónica breve al microrrelato, de la risa a la reflexión sobre la vejez cercana, sobre la belleza que se salva antes de que todo se la lleve el viento. Es la escritura de quien ha aprendido que lo importante no siempre es lo ruidoso, que a veces una trivialidad atrapada con mirada y estilo revela una pequeña verdad en mangas de camisa.
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