Madrugadas de insomnio: un profesor eminente de sesenta y dos años observa a su esposa mientras bebe té. Su nombre brilla en Rusia, reconocido en universidades de todo el mundo.
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Madrugadas de insomnio: un profesor eminente de sesenta y dos años observa a su esposa mientras bebe té. Su nombre brilla en Rusia, reconocido en universidades de todo el mundo. Pero su cuerpo cuenta otra historia: calvo, dentadura postiza, deteriorado. Entre noches sin dormir, Nikolái Stepánovich reflexiona sobre cómo el tiempo ha erosionado su matrimonio con la que fue una mujer inteligente y hermosa, ahora sumida en preocupaciones por menudencias económicas, y sobre sus hijos, que no parecen estar a la altura de su apellido.
Las noches del profesor Nikolái Stepánovich transcurren en un combate silencioso contra el insomnio. Se acuesta a las doce, se duerme rápidamente, pero después de la una vuelve a despertarse con la angustia de no haber dormido en absoluto. Las horas se estiran en la oscuridad mientras recorre su habitación, contempla cuadros que conoce de memoria, intenta leer sin interés, cuenta hasta mil. Espera con impaciencia el sonido del gallo en el patio, primer anuncio del alba. Con cada mañana llega su esposa, despeinada pero lavada, con la misma pregunta: ¿Tampoco has dormido esta noche? Inicia su monólogo predecible sobre el hijo en Varsovia, los cincuenta rublos mensuales, el precio del pan y el azúcar. El profesor asiente maquinalmente, pero su mente interroga: ¿es posible que esa mujer gorda y desgarbada sea la misma Varia de la que se enamoró hace décadas por su inteligencia despierta? Lo único que permanece es su hábito de referirse al sueldo de él como «nuestro sueldo». El profesor mismo es un hombre de sesenta y dos años cuyo cuerpo narra decadencia. Calvo, con dentadura postiza, un tic incurable, manos temblando, cuello como mango de contrabajo, pecho hundido. Solo cuando le viene el tic su expresión adquiere algo dramático: la de un hombre a un paso de la tumba. Su nombre, sin embargo, es uno de los más ilustres de Rusia. Profesor emérito, consejero privado, condecorado tantas veces que los estudiantes lo llaman «el iconostasio». Su nombre no presenta mancha: es educado, modesto, honrado. En la cátedra, sus conferencias cautivan durante dos horas. Su fervor enmascara casi completamente los defectos de su voz. Pero en la escritura, algo ha fallado. Una carta simple exige energías enormes. La memoria se debilitó, los pensamientos carecen de coherencia. Esta brecha entre su nombre y su realidad, entre su gloria académica y su cuerpo deteriorado, constituye el tejido de una existencia que el profesor examina cada noche mientras cuenta hasta mil.
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