Una niña de ocho años memoriza que Dios es «el Espíritu supremo, el único que existe por sí mismo e infinito en todas sus perfecciones». Décadas después, tras ser monja y estudiosa de teología, la autora comprende que esa definición árida…
Descargar
Una niña de ocho años memoriza que Dios es «el Espíritu supremo, el único que existe por sí mismo e infinito en todas sus perfecciones». Décadas después, tras ser monja y estudiosa de teología, la autora comprende que esa definición árida oculta una verdad radical: la idea de Dios no es eterna, sino profundamente histórica. Este libro traza cómo el concepto de Dios se reinventó constantemente en el judaísmo, el cristianismo y el islam, mostrando que cada generación reimaginó lo divino según sus circunstancias y necesidades.
Una niña criada en la fe católica memoriza definiciones de Dios del catecismo, participa en liturgias, ingresa en un convento. Pero la experiencia mística nunca llega: Dios permanece distante, abstracto, irreal. Décadas más tarde, tras abandonar la vida religiosa y dedicarse al estudio histórico de la religión, la autora descubre una verdad que transformó su comprensión: la idea de Dios no fue nunca única ni fija.
Este libro no estudia a Dios en sí mismo —empresa imposible—, sino cómo lo experimentaron varones y mujeres desde Abraham hasta hoy. Armstrong demuestra que cada época reimaginó a Dios de formas radicalmente distintas. El Dios de los patriarcas difiere del Dios de los profetas; el de los filósofos antiguos, del de los místicos medievales. Sin embargo, las tres religiones monoteístas consideraron auténticas todas estas concepciones.
La conclusión es provocadora: la idea de Dios es profundamente histórica y pragmática. Persiste no porque sea lógica o científica, sino porque es útil. Cuando cesa de serlo, es abandonada o transformada. Esta realidad no preocupaba a los grandes pensadores monoteístas: sabían que sus ideas sobre lo divino eran productos humanos, provisionales, separados de la realidad incognoscible a la que intentaban nombrar.
Armstrong sostiene que los seres humanos son naturalmente espirituales: adoramos desde que nos reconocemos como humanos. Ese impulso no es una imposición externa sino parte de nuestra esencia. El secularismo occidental es, paradójicamente, un experimento nuevo en la historia. Su significado aún está por verse.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.