En las profundidades del infierno, Satanás despierta de un largo sueño para descubrir que Madrid ha sido invadido por una plaga moderna: la oratoria política.
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En las profundidades del infierno, Satanás despierta de un largo sueño para descubrir que Madrid ha sido invadido por una plaga moderna: la oratoria política. Huyendo de este suplicio, presencia en su tribunal el caso de doña Regla, una mujer de ciento treinta años que apela su condena. Mientras ella relata sus tres matrimonios desastrosos —con un militar, un poeta fracasado y un político orador—, el diablo reconoce una injusticia mayor que cualquier pecado terrenal.
Satanás regresa a Madrid tras cincuenta años de sueño infernal, atraído por la nostalgia de una manola que conoció en la calle de Ministriles. Pero la ciudad lo recibe con un ruido ensordecedor: la oratoria política. En academias, círculos intelectuales y, sobre todo, en las cámaras legislativas, los políticos pronuncian discursos interminables. El mareo es inmediato y la jaqueca insoportable. El diablo huye al infierno, maldiciendo de los oradores.
De regreso en sus dominios, mientras atraviesa capas de tierra, Satanás recupera su instinto perverso y reflexiona sobre cómo las palabras vacías provocan la caída de los imperios. Pero el descanso se interrumpe cuando descubre un juicio en su sala de audiencias. Se trata de doña Regla, una mujer americana de ciento treinta años, condenada al Purgatorio. Intrigado por sus sollozos, el diablo interviene y permite que exponga su caso.
Lo que sigue es el relato de una vida marcada por tres matrimonios catastróficos. El primero fue con un teniente de infantería español que murió en batalla, dejándola viuda en su juventud. El segundo la unió a un portero del Consejo de Castilla que descubrió la poesía y cayó en una manía desvariada de versificación. El hombre se convirtió en poeta fracasado, llenando la casa de versos imposibles, buscando durante quince días una consonante para la palabra naranjo. Su demencia avanzó hasta el abandono total y la muerte.
Finalmente, doña Regla contrajo terceras nupcias con un librero madrileño de la calle de Carretas. Al principio le ofreció felicidad vendiendo libros antiguos. Pero cuando en España se sucedieron cambios políticos —la muerte de Fernando VII, la revolución liberal, la venta de bienes nacionales—, este hombre se transformó. Aprovechó sus ahorrillos para ascender socialmente, se convirtió en capitán de milicia urbana, procurador en Cortes y, finalmente, en político orador.
Cuando Satanás escucha esta parte, comprende de inmediato la verdadera naturaleza del sufrimiento de doña Regla. Una mujer que ha soportado la muerte prematura de su primer marido, la locura poética del segundo y, lo peor de todo, los interminables discursos de un orador político, ha sufrido castigos que trascienden cualquier falta terrenal. El diablo, quien acaba de experimentar personalmente el suplicio de la oratoria madrileña, reconoce que esta mujer merece compasión. Con un acto de justicia que burla las sentencias convencionales, Satanás la absuelve y la envía al cielo, bromeando que después de viudar de teniente, poeta y orador, ya solo le falta casarse con él.
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