En cuclillas junto al transistor, La Madelón aguarda noticias sobre el golpe que acaba de irrumpir en el Congreso. Nerviosa, repasa mentalmente años de vida en Madrid: los comienzos como dependienta en una mercería junto a la Puerta del…
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En cuclillas junto al transistor, La Madelón aguarda noticias sobre el golpe que acaba de irrumpir en el Congreso. Nerviosa, repasa mentalmente años de vida en Madrid: los comienzos como dependienta en una mercería junto a la Puerta del Sol, tardes en el cine Carretas, la camaradería del ambiente donde construyó su identidad como artista. Mientras la radio permanece silenciosa, sus pensamientos oscilan entre la incertidumbre del presente y los recuerdos de una libertad que ahora siente amenazada. La ausencia de La Begum, su compañera, intensifica la angustia de aquella noche de febrero de 1981.
En una noche de febrero de 1981, mientras el transistor escupe música de zarzuela desde la radio nacional, La Madelón espera en su cuarto, un puño cerrado en el pecho. Acaba de suceder algo en Madrid: la irrupción de la Guardia Civil en el Congreso, el comienzo de un golpe de estado cuyas consecuencias para personas como ella —una mujer trans, artista del ambiente madrileño— podrían ser catastróficas.
Pegada al aparato de radio, nerviosa, en cuclillas, deja vagar su mente por los años que la han traído hasta esta noche. Recuerda su llegada a Madrid desde Sanlúcar de Barrameda, cuando decidió abandonar la ‘mili’ y buscar realizarse como artista en la capital. Evoca los primeros trabajos como dependienta en una mercería junto a la Puerta del Sol, aquel establecimiento donde trabajaba con La Begum, su compañera, ambas pintándose a escondidas en los cuartos de pensión de Argüelles.
Mientras aguarda noticias que no llegan de la radio —las locutoras de Radio Nacional permanecen impertérritas, casi cómplices de un silencio que lo dice todo—, sus recuerdos convergen en tardes en el cine Carretas, noches de sábado en las tascas de Echegaray donde se reunía la gente del ambiente, momentos de una libertad que ahora siente profundamente amenazada. La certeza de que si el golpe prospera, todo lo que ha construido desaparecería, que tendría que volver a ser Manuel García Rebollo, el nombre del carné de identidad, el hombre que dejó atrás.
La angustia crece con cada segundo de silencio radiofónico. La Begum no aparece. ¿Dónde estará? Su voz mezcla el humor con la angustia, los chismes madrileños con la gravedad histórica del momento, la reflexión íntima con la acción cotidiana de buscar un Valium, un té, cualquier cosa que calme el pánico corporal que la invade.
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