Un hombre abre los ojos en la oscuridad de una cámara de criogenización, después de un sueño que duró veinte mil años. Dan Morgan, teniente ingeniero de la nave de exploración Homaro IV, descubre que el tiempo lo ha alejado de todo lo…
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Un hombre abre los ojos en la oscuridad de una cámara de criogenización, después de un sueño que duró veinte mil años. Dan Morgan, teniente ingeniero de la nave de exploración Homaro IV, descubre que el tiempo lo ha alejado de todo lo conocido. Cuando intenta despertar a sus treinta y cinco compañeros de viaje, la máquina le devuelve un veredicto imposible de aceptar.
La oscuridad cede ante los párpados de Dan Morgan cuando despierta en una cámara criogénica. Su cuerpo adormecido regresa lentamente a la vida: primero un dedo, luego otro, hasta que puede moverse por los pasillos de la nave de exploración Homaro IV. El teniente ingeniero comprueba cada sistema con precisión metódica. El reactor Bussard funciona. El piloto automático ha mantenido el rumbo. Los sistemas de autorreparación han funcionado cincuenta y siete veces. Luego, su mano tiembla cuando consulta el calendario estelar.
Veinte mil años. La cifra lo golpea como un terremoto. El viaje fue concebido en el siglo XXIII, después de la Guerra Definitiva que casi destruyó la Tierra. La Confederación de Estados Tierra-Luna envió naves de exploración hacia los confines de la galaxia con un mandato único: alejarse indefinidamente, fundar colonias humanas, perpetuar la especie lejos del sistema solar. Pero ahora, inexplicablemente, la Homaro IV ha invertido su curso y navega de regreso.
Dan se apresura hacia la Cámara de Criogenización Principal. Allí descansan treinta y cinco personas, cuidadosamente seleccionadas por compatibilidad de caracteres y aptitudes físicas: el capitán Arthur Ford, el doctor Héctor Paz, Derek, y Miriam Flanagan, la bióloga a cuyo lado decidió abandonar la Tierra y la Luna hace milenios. Rostros familiares, dormidos en sus cápsulas, ajenos al tiempo que ha transcurrido.
Pero la Computadora Central devuelve una sentencia seca que destroza toda esperanza: no se registran signos vitales en ninguna de las cápsulas. Sus compañeros no pueden ser reanimados. Dan Morgan es ahora el único ser humano vivo en una nave de silencio, navegando hacia un hogar que quizá ya no existe.
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