El inspector Wexford llega a casa temprano en agosto, esperando disfrutar de la tarde tranquila. Sus nietos aguardan para ir al río, anhelando ver a las ratas de agua de los cuentos infantiles.
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El inspector Wexford llega a casa temprano en agosto, esperando disfrutar de la tarde tranquila. Sus nietos aguardan para ir al río, anhelando ver a las ratas de agua de los cuentos infantiles. Pero la paz doméstica se quiebra cuando es llamado a investigar el asesinato de una mujer encontrada en un descampado cercano. La víctima es Rhoda Comfrey, y tras su muerte hay secretos que dormían en la tranquila comunidad de Kingsmarkham.
Un agosto sofocante en Kingsmarkham. El inspector Wexford regresa a casa anticipadamente, esperando aprovechar la tardanza de los criminales en vacaciones. Tiene planes modestos: llevar a sus nietos al río, donde anhelan ver a las ratas de agua que pueblan los cuentos infantiles. Pero la tarde se fragmenta con la irrupción de su hija Sylvia, enojada por un matrimonio que siente la constringe: mientras su marido Neil prospera profesionalmente, ella permanece atrapada en las labores del hogar.
Entonces suena el teléfono. El deber llama. A menos de un kilómetro de distancia, un cuerpo reposa entre las hierbas altas de un descampado. La víctima es una mujer de mediana edad con un maquillaje llamativo: labios rojo escarlata, párpados azules, un pañuelo azul anudado a la cabeza. Dos profundas heridas de puñal atraviesan su pecho.
Su nombre es Rhoda Comfrey. No era residente del pueblo, sino que visitaba a su padre, hospitalizado en Stowerton desde meses atrás, tras un accidente doméstico. El inspector Wexford, acompañado por su colega Michael Burden, comienza a tejer los hilos de lo sucedido. ¿Regresaba ella del hospital cuando fue atacada? ¿Tomó el atajo a través del sendero? ¿Quién, en este pueblo tranquilo, tenía motivo para asesinarla en un lugar tan desolado?
Los primeros datos emergen del interrogatorio de quienes descubrieron el cuerpo. De sus palabras surge el nombre de la señora Crown, tía de la víctima, quien vive en la casa contigua. Ella conoce más de lo que la mayoría imagina sobre los movimientos de Rhoda.
En el hospital de Stowerton, James Albert Comfrey yace en su cama, ignorante aún de que su hija ha muerto. Pronto deberá enfrentar una noticia que transformará su agonía física en un dolor incalculable. Y en la comunidad de Sussex, donde los secretos se guardan celosamente, comienza a tejerse la verdad: detrás del asesinato de Rhoda Comfrey hay más que dinero o venganza personal. Hay historias silenciadas durante años, resentimientos que fermentan bajo la superficie, y quizá la simple crueldad de quien cree tener derecho a castigar.