Un profesor de física nuclear jubilado pasa sus tardes en un banco del parque, bajo cedros centenarios, contemplando la vida que transcurre ante él.
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Un profesor de física nuclear jubilado pasa sus tardes en un banco del parque, bajo cedros centenarios, contemplando la vida que transcurre ante él. Allí conoce a Sandra, una niña de doce años que llega con su perra Jeannine, y comienza una extraña amistad que revela secretos guardados y heridas cicatrizadas. Entre reflexiones sobre la ciencia y la poesía, sobre la muerte y la soledad, dos vidas que parecen separadas por décadas encuentran un punto de encuentro inesperado.
Bajo dos enormes cedros de más de dos siglos crece un banco de madera, lugar de encuentros cotidianos en un parque que alberga el mejor zoológico del mundo. Cada tarde, un hombre de sesenta y dos años—profesor de física nuclear retirado tras treinta años—se sienta a contemplar cómo su imaginación avanza más veloz que las matemáticas. Es un tiempo de crisis histórica, piensa. Las luces antes de la noche son más delicadas, los colores más nítidos cuando se aproxima la ceguera. Desde su ventana ha aprendido a ver con intensidad. Un mediodía, una niña de doce años se sienta a su lado. Sandra, con faldita escocesa y suéter color ámbar, trae consigo a Jeannine, una perra vulgar con collar de nácar y cadenita de plata. La niña huele a corteza de limón rallada y tiene algo raro: una apatía glacial sin ofender, un señorío tímido jamás visto. No quiere llevar a su perra a la exposición canina que ocurre en el parque, aunque tiene el dinero que su tía le dio. Caminan juntos hacia los toldos transparentes donde se exhiben ejemplares extraordinarios: pekineses sin nariz, daneses azulados, elegantes galgos rusos. Espectáculos de la crianza humana. Pero en aquella exposición ocurre lo inexplicable: los otros perros atacan a Jeannine una y otra vez, como si su vulgaridad fuera ofensa. Un terranova enorme la tumba. Luego otros perros: un pomerania, un dálmata, un terrier escocés. Sandra vive la primera experiencia verdaderamente deprimente de su vida. Sus padres murieron en un accidente automovilístico hace años, el día exacto en que hoy se sienta en este banco. Ella iba en el coche también, con la pequeña Jeannine entonces cachorro. La perra salió ilesa. Sandra, no. Tardó mucho en curarse. En este encuentro entre un anciano que reflexiona sobre la ciencia y la poesía, y una niña marcada por la pérdida, germina una conexión que trasciende lo evidente.
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