Un abuelo intenta contar un cuento a su nieta Ira mientras ve una pelea de lucha libre en televisión, tejiendo juntos la violencia real del ring con una versión trastocada de Caperucita Roja donde todo se invierte.
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Un abuelo intenta contar un cuento a su nieta Ira mientras ve una pelea de lucha libre en televisión, tejiendo juntos la violencia real del ring con una versión trastocada de Caperucita Roja donde todo se invierte. Así comienzan estos relatos donde Ricardo Garibay reúne trabajos sobre la infancia, no como idilio sino como ese tiempo atroz donde conviven el dolor, la gracia, la confusión entre la realidad y la fantasía, y donde aparecen ángeles que traen desolación sobre campos serenos.
Ricardo Garibay reúne en este volumen breves trabajos donde los niños no son figuras románticas sino protagonistas reales, habitados por la confusión entre lo real y lo imaginario, entre la inocencia y el terror.
En «Ira», un abuelo intenta contar un cuento a su nieta mientras sigue absorto una pelea de lucha libre por televisión. La escena se trama lentamente: Ira quiere un relato, pero el abuelo no apaga el televisor. Comienza con «Pulgarcito», pero Ira rechaza cada intento. El cuento sobre Caperucita Roja es el que ella acepta, pero con una condición: debe ser al revés. Así, mientras en el ring el Famoso Gómez y Olivares se golpean con ferocidad creciente, el abuelo va narrando cómo la Caperucita devora al lobo, cómo la Caperucita hiere y mata. La violencia del cuento y la violencia de la pelea se funden en un tono extraño donde la palabra brutal del narrador y los gritos del comentarista de televisión se solapan, donde Ira brinca feliz con cada golpe contado. El cuento termina con el Famoso noqueado en el ring, «muerto, hecho nata», mientras Ira duerme repitiendo esa palabra con una sonrisa.
«Matías y el ángel» ofrece una visión radicalmente distinta. Matías es un campesino que sube una colina para vigilar sus animales al atardecer. La tierra le parece extraña ese día, el aire lo inquieta. De pronto ve pasar un ángel enorme, impasible, que mata silenciosamente sus vacas. Cuando el ángel se pierde de vista, la paz regresa. El relato describe entonces el viaje del ángel por el mundo: ciudades que lo detectan, pueblos arrodillados, gente que adivina su terrible misión. Mientras el mundo se llena de augurios de catástrofe —aguas erizadas, nubes despavoridas, pájaros cayendo, insectos amontonados—, Matías permanece en su campo dorado, sereno, adormilado, contemplando su última estrella. Luego el mundo estalla en un apocalipsis de destrucción total, pero una misteriosa protección sigue envolviendo a Matías.
La sección final, titulada «Infancia», ofrece fragmentos más breves, más poéticos: un tren visto desde la memoria infantil, una ventana de escuela donde símbolos incomprensibles aterran como síntomas de enfermedad, una confesión donde un niño confiesa el «pecado grande» de pedir pasteles durante un mes. En cada fragmento, Garibay captura esa sensación de que la infancia es a la vez trivial y apocalíptica, cotidiana y atroz, un territorio donde el dolor y la gracia habitan sin tregua.
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