Un hombre que creció en casas subterráneas toma un tren hacia las montañas y funda su vida en Fingerbone, un pueblo junto a un lago profundo e impenetrable.
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Un hombre que creció en casas subterráneas toma un tren hacia las montañas y funda su vida en Fingerbone, un pueblo junto a un lago profundo e impenetrable. Después de su muerte en un descarrilamiento ferroviario, la abuela y sus tres hijas permanecen en la casa que construyó, rodeadas por las aguas que la definen. Sus vidas se tejen con la quietud de un mundo purgado de ambiciones, donde el tiempo transcurre al ritmo de las estaciones y la presencia constante del lago.
Ruth narra la historia de su familia a través del lugar que la define: Fingerbone, un pueblo construido junto a un lago profundo y antiguo. Su abuelo, Edmund Foster, ferroviario que creció en una casa excavada en la tierra, toma un tren hacia las montañas guiado por la curiosidad y el deseo de escapar del horizonte aplastante de sus primeros años. Se queda en Fingerbone, trabaja en la estación, y construye una casa para su familia.
Cuando el tren en el que viaja desaparece bajo el hielo durante la noche, su muerte deja viudas y huérfanos en el pueblo. La abuela, religiosa y reflexiva, no se plantea marcharse. La casa permanece, y con ella, la vida familiar que se organiza alrededor de la cocina, de los cuidados diarios, de la intimidad entre la madre y sus hijas.
La novela habla de ausencias que definen presencias, de cómo la pérdida puede enraizar a las personas en un lugar en lugar de expulsarlas. El lago está siempre ahí, en el aire, en el agua potable, en los surcos del terreno. Ruth, la narradora, crece en esa casa junto a su hermana Lucille, bajo el cuidado de figuras maternas que van desapareciendo también, una tras otra. La historia es la de una familia que aprende a permanecer en el duelo, a vivir en la sombra de lo irreparable.