Una mañana fría, el despertador de Carola resuena en su habitación oscura. Ella lo apaga de un manotazo, gruñe, y vuelve a acurrucarse entre las mantas.
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Una mañana fría, el despertador de Carola resuena en su habitación oscura. Ella lo apaga de un manotazo, gruñe, y vuelve a acurrucarse entre las mantas. Así comienza la vida de una mujer atrapada en ciclos que se repiten sin fin: trabajar, volver a casa, dormir. Los días son tan idénticos que apenas puede distinguir un lunes de otro. Su trabajo en marketing se ha convertido en la repetición de fórmulas conocidas, sus encuentros con compañeros en saludos desganados, su almuerzo en pollo cada lunes. No odia lo que hace; simplemente no siente nada. Hasta que un miércoles, una falta de electricidad la desvía de su ruta habitual y la lleva a una plazoleta desconocida. Allí, por primera vez en años, come al aire libre, intentando captar cada detalle. Pero la bruma de la indiferencia persiste.
En una mañana helada, el despertador invade una habitación oscura. Carola lo apaga con un manotazo, gruñe, y se resiste a abandonar la calidez de sus mantas. Este acto marca el comienzo de su existencia: una sucesión de horas idénticas que se repiten día tras día.
La vida de Carola se ha convertido en un circuito automático. Cada lunes viste su uniforme informal de invierno, desayuna café y tostadas que apenas prueba, toma el colectivo hacia la oficina. Sus compañeros la ven como una profesional con potencial sin explotar, alguien que podría ascender pero que no muestra interés. Ella solo encoge los hombros. Ni siquiera odia lo que hace; simplemente no siente nada. Su jornada transcurre en una bruma donde apenas recuerda qué trabajó, si almorzó. Regresa a su pequeño departamento, come pollo los lunes, ve televisión, duerme. A la mañana siguiente, todo vuelve a comenzar.
Los meses se suceden sin distinción. Carola ha perdido contacto con sus amigos de adolescencia sin notarlo. Come sola, vive sola, existe sola. Reflexiona que aún le faltan dos años para cumplir treinta y su vida ya le parece inútil. Es una isla en medio de la oficina, observando a otros que parecen encontrar sentido en sus acciones.
Hasta que un miércoles, una falta de electricidad en toda una cuadra la obliga a abandonar su restaurante habitual. Desorientada, termina en una plazoleta desconocida. Allí, sentada en un banco, Carola intenta captar cada detalle del nuevo lugar. Por un momento considera que podría convertirse en su zona de almuerzo de los miércoles. Pero casi de inmediato, se da cuenta de que nuevamente está creando una rutina. Cuando termina, percibe que ha devorado toda su comida sin recordar su sabor. La bruma persiste. Sin embargo, algo ha cambiado.
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