Sweeney es una pintora que descubre tener la capacidad de ver fantasmas cuando presencia a un niño muerto en el aparcamiento de un supermercado. Un año después de trasladarse a Nueva York para escapar de esta realidad perturbadora, intenta…
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Sweeney es una pintora que descubre tener la capacidad de ver fantasmas cuando presencia a un niño muerto en el aparcamiento de un supermercado. Un año después de trasladarse a Nueva York para escapar de esta realidad perturbadora, intenta llevar una vida normal mientras los fantasmas persisten en su visión y su cuerpo comienza a experimentar cambios inexplicables. Entre encargos de retratos y una carrera artística que languidece, Sweeney lucha por mantener el secreto de su condición y encontrar sentido a un don que la aísla del mundo.
El cielo de septiembre en Clayton, Nueva York, es tan intensamente azul que Sweeney, una artista dedicada a la pintura, se queda hipnotizada por él. Su comprensión profesional de los colores la lleva a analizar ese tono en su mente, hasta que un destello inesperado interrumpe su fascinación. En el aparcamiento del supermercado, Sweeney presencia algo que la congela: el fantasma de Samuel Beresford, un niño que asistió a su funeral hace apenas un mes. Sam intenta desesperadamente comunicarse con su madre, Sue, quien camina junto a su hermano menor sin poder verlo, sin poder escucharlo. En ese momento, la realidad de Sweeney se fractura de manera irreversible.
Un año después, Sweeney ha abandonado Clayton y se ha instalado en Nueva York. Huyó de su pueblo porque los fantasmas no cesaban de perseguirla y porque los vivos, incapaces de entender su reacción ante lo imposible, comenzaban a considerarla inestable. En la ciudad, donde no conoce a los muertos ni ellos la conocen a ella, puede fingir ignorancia, puede cruzarse con espectros sin responder, sin reconocer, sin revelarse. Pero el precio de esa invisibilidad social es el aislamiento: nunca puede hablar de lo que ve, nunca puede pedir ayuda, nunca puede confesar la verdad.
Además, algo más ha cambiado en Sweeney desde que comenzó a ver fantasmas. Siente un frío perpetuo que se agudiza cada mañana, un frío que no proviene del clima sino de algo más hondo. Su regulador térmico interno se ha desmoronado. Su obra pictórica, antes delicada y transparente como acuarelas, ha comenzado a tornarse más apasionada, más saturada de color, menos auténtica a su voz artística. Y hay otros fenómenos: los semáforos se ponen verdes cuando se acerca, las plantas florecen fuera de estación. Sweeney es consciente de que algo en ella ha mutado, pero no encuentra médico, amigo ni confesor capaz de comprender.
Cuando Candra Worth, propietaria de la galería donde vende sus cuadros, le propone un trabajo: hacer un retrato a una pareja de clientes adinerados, Sweeney acepta. Necesita ingresos; sus trabajos recientes no se venden bien. Mientras se viste con un jersey púrpura y se arregla para la cita, Sweeney persiste en su rutina de supervivencia: pasar desapercibida, mantener el secreto, pintar rostros que capture en sus estudios. Camina por las aceras neoyorquinas, come en su puesto de perros calientes favorito, observa las caras ajenas con la fascinación de una artista que busca capturar la esencia de la vida en el papel, ajena a que su propia existencia está a punto de cambiar nuevamente.
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