En agosto de 2020, de regreso a los campos del Somme con su familia, Oscar Tusquets Blanca contempla los monumentos conmemorativos de la Gran Guerra.
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En agosto de 2020, de regreso a los campos del Somme con su familia, Oscar Tusquets Blanca contempla los monumentos conmemorativos de la Gran Guerra. Esta visita coincide con la pandemia que asola el mundo, ofreciendo al arquitecto y ensayista una ocasión para contrastar dos tragedias históricas. A través de la reflexión sobre la arquitectura funeraria y las decisiones políticas ante el coronavirus, Tusquets cuestiona las prioridades de gobiernos y expertos, advirtiendo sobre los riesgos de una sociedad que paraliza su futuro en nombre de la salvación presente.
En agosto de 2020, el arquitecto y ensayista Oscar Tusquets Blanca regresa a los campos del Somme, en la frontera entre París y Calais, llevando consigo a su familia. Allí, entre las praderas donde ondulan cráteres de obuses que la hierba ha cubierto, se alzan monumentos que cumplen una función contradictoria: recordar a quienes no pueden volver.
Tusquets reflexiona profundamente sobre la arquitectura funeraria como testimonio de la voluntad humana de no olvidar. Desde las antiguas pirámides hasta el diseño contemporáneo, estos espacios cargados de significado simbólico han permitido a las culturas honrar sus muertos. En el Somme examina obras maestras como el Memorial canadiense de Vimy, con su triple arco triunfal diseñado por Edwin Lutyens, que gravó en piedra de Portland los nombres de setenta mil desaparecidos en orden alfabético. El arte de Lutyens se repite en monumentos como el de Villers-Bretonneux, con su poética idea de banderas pétreas.
Pero esta meditación arquitectónica se entrelaza inevitablemente con la pandemia de coronavirus que golpea el mundo en ese mismo momento. Tusquets contrasta la magnitud histórica de la Gran Guerra —casi 1,2 millones de muertos en cuatro meses, con casi sesenta mil solo en el primer día— con la respuesta global al COVID-19. El ensayista cuestiona las narrativas oficiales, las decisiones de gobiernos que parecen actuar a ciegas, y la autoridad cuestionable de expertos que hablan con certeza sobre un virus novedoso.
Rechazando teorías conspirativas sobre el origen del patógeno, Tusquets argumenta que la pandemia fue un evento impredecible, un cisne negro en términos del filósofo Nassim Taleb, aunque su expansión debería haberse anticipado. Sin embargo, lamenta que la respuesta occidental haya estado guiada por el impulso de salvar vidas a cualquier costo, ignorando el daño colateral sobre economía, educación, cultura y futuro generacional.
El ensayista critica las restricciones que percibe como arbitrarias: prohibiciones sobre reuniones, mascarillas en espacios abiertos, confinamiento prolongado. Se pregunta si realmente fue necesario sacrificar tanto, si la sociedad podría haber protegido a los más vulnerables sin paralizar todas las actividades humanas. El texto palpita de escepticismo hacia la autoridad, la información oficial y esa búsqueda de culpables donde acaso solo hay azar.
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