Una joven francesa que ha encontrado refugio en la Inglaterra de finales del siglo XVIII debe enfrentarse a los secretos que acechan en Eversleigh.
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Una joven francesa que ha encontrado refugio en la Inglaterra de finales del siglo XVIII debe enfrentarse a los secretos que acechan en Eversleigh. Claudine celebra su decimoséptimo cumpleaños lejos de los horrores de la Revolución, pero en el seno de una familia donde los sentimientos ocultos, las pasiones sin nombrar y los misterios sin resolver crean una atmósfera de inquietud constante. Entre las paredes de la casa y los corazones de sus habitantes, voces del pasado susurran historias que no pueden ser ignoradas.
Cuando Claudine cumple diecisiete años, su madre ofrece una comida para celebrar el acontecimiento en Eversleigh, la mansión inglesa que se ha convertido en su hogar tras abandonar Francia y los horrores de la Revolución. La joven ha pasado tres años en esta casa isabelina, lejos de los salones de su abuelo en Aubigné, lejos del caos y la violencia que devastaron a su familia. Pero Eversleigh, con sus piedras rústicas y sus pasillos silenciosos, guarda sus propios misterios.
La vida de Claudine cambió cuando su madre contrajo matrimonio con Dickon Frenshaw, el amo de esta casa, un hombre de poder abrumador que rescató a su madre de los brazos de la muerte durante los primeros días de la Revolución. En este hogar habitan secretos que nadie menciona abiertamente: su hermanastro Louis Charles es hijo de su padre y de Lisette, la amiga de su madre; su hermano Charlot añora Francia con una angustia que no puede explicar; sus primos Jonathan y David compiten silenciosamente por su atención mientras ella crece y se convierte en una joven que despierta deseos que no puede comprender.
En las habitaciones de Eversleigh, donde los sentimientos están congelados bajo capas de cortesía, Claudine percibe una tensión que crece con cada día que pasa. Las conversaciones entre su madre y Dickon, que parecen las de amantes eternos, la desconciertan. Las miradas de Jonathan, cargadas de posesión protectora, la turban. Los silencios de su madre cuando habla del difunto abuelo y del tío Armand, desfigurado y moribundo en el château abandonado, revelan una pena sin fondo.
A medida que Claudine madura, comprende que hay historias que no pueden ser contadas, que hay voces que llaman desde las sombras del pasado. Las paredes de Eversleigh guardan confesiones, deseos reprimidos, sacrificios que nadie ha mencionado. Entre los retratos de antepasados y el árbol genealógico pintado en el hogar, hay una verdad incómoda que todos evitan. Y Claudine, observadora silenciosa, comienza a entender que los misterios de una familia pueden ser tan peligrosos como los tumultos que dejó atrás.
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