Una mujer de treinta y siete años que lleva cuatro años lidiando con el duelo por la muerte de su marido finalmente se atreve a vivir la noche de su cumpleaños.
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Una mujer de treinta y siete años que lleva cuatro años lidiando con el duelo por la muerte de su marido finalmente se atreve a vivir la noche de su cumpleaños. Acompañada por su hermana y sus amigas más cercanas, se refugia en la música y el baile que la transportan a recuerdos de su juventud. En una discoteca de Palma, mientras intenta mantener el equilibrio entre el cuidado de sus hijos y sus propias ganas de vivir, un encuentro inesperado abre la puerta a nuevas posibilidades.
Amanda cumple treinta y siete años rodeada de su familia: su hermana Emma, sus padres Roberto y Sofía, sus hijos, y sus amigas de toda la vida, Marta y Cata. Mientras la instalan frente a la tarta, ella piensa en los años de dolor que ha vivido desde la muerte de su marido Andrés hace cuatro años. Lidiando con la soledad y la responsabilidad de ser madre viuda, ha aprendido a pedir lo esencial: amor, descanso, comprensión. Ese año pide solo una cosa: amor. Sopla las velas rodeada de los pilares que la sostienen.
Entre bromas y regalos que llegan cargados de significado—unas zapatillas rosas de hadas que danzarán con ella, un collar de azabache, y finalmente un viaje a Londres con toda la familia—Amanda se encuentra con su hermana Emma, quien le propone algo que no esperaba escuchar: salir a bailar esa noche. Por primera vez en años, Amanda dice que sí. Se pone el viejo jersey negro que fue su talismán en los días de gloria en Londres, se maquilla los ojos con la intensidad que su mirada natural posee, y sale con Emma, Marta y Cata hacia el paseo marítimo de Palma.
En el coche, mientras bajan los cristales y escuchan a The Corrs, Amanda recuerda quién fue antes del dolor, quién era cuando la vida parecía más abundante. Llegan a la Marina, un local donde Germán, amigo de años, las recibe como si fueran las mujeres más esperadas de la noche. Dentro, entre chupitos de tequila que les queman la garganta y las primeras canciones de Maroon 5, algo cambia en Amanda. El cansancio que ha cargado desaparece. Su cuerpo descubre nuevamente que puede bailar, que puede sentir, que puede existir más allá del luto.
Cuando Kelly Clarkson canta que lo que no te mata te hace más fuerte, las cuatro mujeres se entregan al baile como si sus vidas dependieran de ello. Y de pronto, cansada después de horas de movimiento, sentada en un taburete rodeada de bolsos y chaquetas, Amanda bosteza. Una voz desconocida le pregunta si es sueño o cansancio. Un hombre moreno la sostiene cuando casi cae, y ambos quedan frente a frente en ese espacio donde la música es ensordecedora y la intimidad de una conversación es posible.
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