En una fiesta nocturna de Tres de Marzo, Marina, joven de clase alta, cruza miradas con Bernard, un extranjero de origen incierto. Entre el fuego de la chimenea y las luces de la ciudad nace una atracción que desafía las convenciones.
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En una fiesta nocturna de Tres de Marzo, Marina, joven de clase alta, cruza miradas con Bernard, un extranjero de origen incierto. Entre el fuego de la chimenea y las luces de la ciudad nace una atracción que desafía las convenciones. Telegramas con citas literarias, flores, un cactus, una llama desde el Perú y un piano desafiado harán que Marina cuestione los límites que la sociedad ha trazado para ella, obligándola a elegir entre la seguridad de su mundo y la pasión por quien no encaja en él.
Bajo el fuego de una chimenea que refleja en los ojos de Marina, mientras la ciudad brilla al otro lado de los ventanales, comienza una historia que desafía el orden establecido de Tres de Marzo. Marina, joven de la clase alta tresmariana, asiste a una fiesta de viernes por la noche cuando reconoce, sin saber cómo, a Bernard Surville, un extranjero que llega con esmoquin alquilado y pajarita de las que se ponen ya hechas. Su amiga Silvia advierte: no se sabe bien de dónde viene. Marina, sin embargo, siente aquella rara certeza de haber esperado toda la vida sin saberlo.
Pero Bernard no vuelve esa noche. En su lugar llegan telegramas. Veintiuno de ellos, cada uno con fragmentos de literatura concentrada: Neruda, Stendhal, versos que parecen profecías. También flores que Consuelo, la criada, coloca en ollas de cocina cuando ya no caben en floreros, un cactus irritante, y finalmente una llama enviada desde el Perú que Marina bautiza con malhumor.
Cuando Bernard aparece en el comedor disfrazado de camionero, con bigote falso y canas de talco, Marina reconoce al hombre que desafía su mundo. Pero en él ve también lo que Silvia señaló: un lobo que trepa hacia la clase alta, y su propio olor a sudor le da el pretexto que necesita para rechazarlo. Lo envía a la cocina como si fuese un empleado.
Después vienen los días de incertidumbre. Marina no sabe si Bernard sigue en la ciudad o si regresará. Se va a París buscando equilibrio en la lluvia y las chimeneas, pero encuentra crujidos de aviones y un vacío que los cuadros de su mansión familiar no pueden llenar. Regresa a Tres de Marzo sin resolver nada, y allí lo ve de nuevo: caminando como si la calle fuese suya. Los encuentros ocurren después en las esquinas inesperadas de la ciudad. Bernard es el mismo y a la vez otro, alguien cuya mirada de metal la mira con una ironía que Marina debe aprender a descifrar.