Un ayudante de dentista conoce a una joven empleada de cine en una sala de proyecciones. Ella lo invita a acompañarla sin revelar el destino: un hospital donde espera encontrar a su madre.
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Un ayudante de dentista conoce a una joven empleada de cine en una sala de proyecciones. Ella lo invita a acompañarla sin revelar el destino: un hospital donde espera encontrar a su madre. La visita a la mujer internada revelará que la identidad es incierta. En el transcurso de estos encuentros casuales, entre películas vistas múltiples veces y conversaciones fragmentarias, germina entre ambos una forma extraña de compañía.
En la sala de proyecciones de un cine, Claudio y Claudia se encuentran por casualidad durante una función de ciencia ficción. Él es ayudante de dentista, desocupado en los meses de verano. Ella trabaja como boletera y ha visto la misma película decenas de veces: Alien, el regreso. Sus conversaciones iniciales, fragmentarias y sin pretensión, revelan dos formas distintas de estar en el mundo. Para Claudio, las películas no dejan lecciones claras. Para Claudia, cada función es una oportunidad de aprendizaje, aunque sus interpretaciones resulten tan abiertas como imprecisas.
Su relación comienza con cierta levedad. Van a comer a restaurantes informales, comparten maltas y cervezas. Claudia habla sintéticamente de su familia: su padre es electricista de un circo colombiano que no vive en Santiago, su madre está muerta, no tiene hermanos. Vive con una tía que es estricta y mentirosa. En una de estas salidas, Claudio intenta besarla; ella lo rechaza con firmeza.
Días después, Claudia lo llama por teléfono y lo cita en una farmacia sin explicar adónde van. Suben a una micro que los lleva a un hospital. Una vez allí, le dice que fue su madre quien la instó a ir, pero el relato es confuso: su tía, esa misma mañana, le había dicho que su madre estaba viva. Alguien había encontrado a una mujer de nombre Sonia Vera Castro, y alguien debía reconocerla. Claudia, sin saber bien qué esperar, accedió a ir.
La mujer internada en la sala catorce no es quien esperaba. Claudio observa a Claudia cuidar de ella con indiferencia, sin saber si está triste, sin certeza de nada. Cuando regresan al paradero de micros, Claudia se echa en un banquito como una lagartija y parece dormirse. Mientras ella descansa, Claudio examina su rostro, sus brazos delgados, imagina sus dientes y sus encías, la observa con una mezcla de curiosidad clínica y afecto sin nombre. El relato termina sin resolución: ella despierta, le pide que la acompañe una vez más, pero no le dirá adónde.