Steven Davis vuelve de la correduría donde trabaja y encuentra sobre la mesa del comedor una nota de seis frases: su mujer lo deja. Dos noches después tira por la ventana hasta el último cigarrillo.
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Steven Davis vuelve de la correduría donde trabaja y encuentra sobre la mesa del comedor una nota de seis frases: su mujer lo deja. Dos noches después tira por la ventana hasta el último cigarrillo. Semanas más tarde, un almuerzo con abogados en un restaurante luminoso del centro de Manhattan lo devuelve frente a ella —y frente a un maître de pajarita torcida que riñe a un perro que nadie más ve.
Todo empieza con un papel. Steven Davis llega a casa un día cualquiera y encuentra sobre la mesa, sujeta bajo las tres llaves del apartamento, una nota breve y helada en la que su mujer anuncia que se va, que pide el divorcio y que en adelante hablarán a través de su abogado. No hay despedida ni buenos deseos; hay, eso sí, un nombre tachado al pie. Steven relee las seis frases una y otra vez, revisa el armario medio vacío, rompe un vaso de zumo en la cocina y se corta al recoger los cristales con las manos temblando. Solo entonces empieza a creerlo.
Lo que sigue no es la crónica de una ruptura sino la de un hombre que intenta administrarla. Dos días después de la marcha de Diane, Steven arroja por la ventana de un catorceavo piso veinte años de tabaco, incluido un paquete tan viejo que es anterior a ella. La abstinencia se convierte en el verdadero clima del relato: madrugadas en vela contando marcas de cigarrillos en lugar de ovejas, la tienda coreana abierta toda la noche al otro lado de la calle brillando como una tentación, y después esa segunda fase, más larga y más rara, en la que el mundo se vuelve levemente irreal, como movido por tramoyistas ocultos. El narrador cuenta todo esto desde un después que no explica todavía, con la calma de quien ya sabe cómo terminó.
En el centro del libro hay una comida. Los abogados —el eficiente y meloso William Humboldt por parte de ella, el prudente John Ring por parte de él— acuerdan un encuentro «entre las cuatro partes» para poner en marcha el reparto. Cuando la madre de Ring se rompe la cadera y su abogado sale corriendo hacia la estación Penn, Steven decide acudir igual, desarmado y contra todo consejo, por una razón que no sabe defender ante nadie: quiere volver a verla. Llega temprano, mata el tiempo comprando un paraguas que no necesita en un día soleado y cruza la puerta del Café Gotham a las 12:05, cumpliendo una vieja máxima paterna.
Dentro lo espera un lugar luminoso, con cuadros de colores primarios y olor a flores, vino y café. También lo espera el maître: alto, pálido, con la pajarita torcida, un mechón rebelde en la coronilla y una mancha en la camisa que de cerca ya no parece salsa. Antes de conducirlo a la mesa, se vuelve hacia un punto vacío del suelo y exige, en voz demasiado alta, que ese perro salga del restaurante. Steven registra la anomalía, la archiva y sigue adelante: tiene cosas más urgentes de las que ocuparse.
Y las tiene. La conversación en la mesa —una petición de reconciliación recibida con horror, un reproche que él no entiende, un abogado más pendiente de su segundo martini que de la lista de agravios de su clienta— va tensándose con una violencia doméstica que nunca llega a levantar la voz. Ahí está la apuesta del relato: el hombre de la pajarita torcida es la amenaza visible, pero el desajuste más inquietante está en la mesa, entre dos personas educadas que se hacen daño con cubertería de restaurante caro. El narrador nos advierte desde el principio que nadie puede prever las consecuencias últimas de sus actos, y que el último eslabón de la cadena suele estar manchado con la sangre de alguien. Cuando alguien menciona por fin la comida y el olor a salmón llega desde una mesa vecina, ya sabemos que ese olor va a significar otra cosa para siempre.