La nutricionista Martina Ferrer se propone un reto personal: vivir una temporada sin plástico y documentar el proceso. De esa experiencia nace una guía práctica que combina divulgación y acción cotidiana.
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La nutricionista Martina Ferrer se propone un reto personal: vivir una temporada sin plástico y documentar el proceso. De esa experiencia nace una guía práctica que combina divulgación y acción cotidiana. El libro explica por qué conviene reducir este material —desde los microplásticos que ya circulan por océanos, agua y alimentos hasta los disruptores endocrinos que alteran la regulación hormonal— y ofrece un repertorio de alternativas concretas para la compra, la cocina y el hogar.
Escrito por una nutricionista especializada en psiconeuroinmunología, este libro parte de una idea sencilla: el bienestar no depende solo de lo que comemos, sino también del descanso, del movimiento, de las emociones y del entorno en el que vivimos. Y ese entorno, sostiene la autora, está saturado de un material que hemos naturalizado hasta volverlo invisible. Hay plástico en el cepillo de dientes, en las cápsulas de café, en los bolígrafos, en el vaso que nos sirven en una reunión. La propuesta editorial que dio origen a estas páginas fue precisamente esa: intentar vivir sin él durante un tiempo y contar qué ocurre cuando uno lo intenta de verdad.
La primera parte construye el argumento en dos frentes. El medioambiental: los plásticos se fragmentan en micropartículas que ya se han detectado desde la Antártida hasta el pescado de supermercado, el reciclaje resulta mucho menos eficaz de lo que sugiere la publicidad, y las supuestas soluciones biodegradables presentan sus propias limitaciones. El sanitario: los aditivos —bisfenol A, ftalatos, parabenos, perfluorados— actúan como disruptores endocrinos capaces de interferir en la regulación hormonal, con posibles efectos sobre la fertilidad, el metabolismo o el desarrollo neurológico. La autora expone estas evidencias citando a especialistas del campo y señalando también los vacíos de conocimiento que aún persisten.
Sobre esa base llega la parte práctica, organizada en torno a las cinco erres del movimiento residuo cero —rechazar, reducir, reutilizar, reciclar y compostar— a las que se suman otras tres de cosecha propia: rellenar, reparar y reconectar. El grueso del volumen es un centenar de ideas aplicables desde el día siguiente, agrupadas por ámbitos: la compra a granel con bolsas de tela, tarros y cestas; los envases de vidrio frente a las bandejas de poliestireno; los utensilios de cocina sin recubrimientos plásticos. El tono evita el catastrofismo y la culpa: reconoce las dificultades del intento, admite las contradicciones y apuesta por la suma de gestos pequeños como forma realista de cambio.
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