Trece relatos encadenados siguen a Lizzie desde la adolescencia en un suburbio canadiense hasta la vida adulta, midiendo su existencia en almendras contadas, kilómetros corridos y tallas perdidas.
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Trece relatos encadenados siguen a Lizzie desde la adolescencia en un suburbio canadiense hasta la vida adulta, midiendo su existencia en almendras contadas, kilómetros corridos y tallas perdidas. Mona Awad construye un retrato fragmentario y de humor filoso sobre el cuerpo como campo de batalla, la amistad femenina y la promesa incumplida de que adelgazar bastará para volverse alguien digno de ser querido.
La novela arranca en un McDonald’s de una esquina cualquiera de Mississauga —«Misery Saga», la rebautizan sus protagonistas— una tarde soleada que nadie sabe cómo llenar. Lizzie y su amiga Mel matan el aburrimiento con McFlurries, un Discman compartido a un auricular por cabeza y un juego casero al que llaman los Papelitos del Destino: dos bolitas de servilleta, un Sí, un No, y una pregunta lanzada al universo con los ojos cerrados. Ese día el universo responde algo que las dos deciden no obedecer, y de esa desobediencia menor sale la primera de las trece piezas que componen el libro.
Lo que sigue no es una trama continua sino una secuencia de trece estampas, cada una un episodio autónomo y cada una un ángulo distinto sobre la misma mujer en distintos momentos de su vida. La estructura funciona como el poema de Wallace Stevens que la autora evoca en el título: no hay una sola manera de mirar, hay trece, y ninguna cierra del todo la figura. Aparecen la madre y su idea particular de lo que resulta sexy, las tiendas de tallas grandes, los gimnasios con nombres de eslogan, las terapias, los vestidos que prometen otra vida, las amigas que se vuelven espejos incómodos y una galería de hombres que la iluminan mal. Un capítulo entero está narrado en segunda persona desde la cabeza de un músico mediocre que la visita de madrugada cuando lo han rechazado en otra parte, la usa como público y como consuelo, y ni siquiera se molesta en recordar su nombre: el retrato más demoledor del libro es el que hace del narrador, no el de ella.
Awad escribe el cuerpo desde dentro, con una precisión casi contable —lo que se come, lo que se quema, lo que se pesa— y sin ofrecer el alivio de una moraleja. Lizzie adelgaza, y adelgazar no la absuelve: la mirada que aprendió a dirigirse a sí misma sobrevive intacta a la transformación física, y el libro se atreve a sostener esa incomodidad hasta el final en lugar de resolverla. La ironía es constante y sirve de escudo, pero por debajo late una lectura seria de la cultura que enseña a las mujeres a tasar su valor en el espejo y a confundir la disciplina con la virtud.
Publicada originalmente en 2016 como 13 Ways of Looking at a Fat Girl, la primera obra de Mona Awad llega en castellano de la mano de Kailas con traducción de Alicia Frieyro Gutiérrez. Su voz —oblicua, cambiante de registro y persona narrativa, capaz de pasar del chiste al desamparo en la misma frase— ya anticipa la de una autora que haría de la incomodidad su territorio.
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