En la madrugada del 23 de marzo de 1369, un hombre siente en la oscuridad los brazos que lo inmovilizan y, en ese instante suspendido, su vida entera regresa a él.
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En la madrugada del 23 de marzo de 1369, un hombre siente en la oscuridad los brazos que lo inmovilizan y, en ese instante suspendido, su vida entera regresa a él. A partir de esa imagen, Juan Rey construye en «1369» el retrato de Pedro I de Castilla: el niño legítimo criado entre libros, halcones y silencios mientras su padre, Alfonso XI, hacía la guerra y la vida junto a Leonor de Guzmán; el heredero que aprendió de Aristóteles la diferencia entre el rey y el tirano en una corte donde nadie era lo que decía ser. Novela histórica de aliento sobrio y prosa cuidada, galardonada con el XX Premio de Novela Ciudad de Badajoz, que reconstruye el reino castellano del siglo XIV como un tablero de linajes, bastardías y lealtades compradas, y devuelve a un rey célebre por su leyenda negra la complejidad de una biografía herida.
«1369» arranca por el final. Una madrugada de marzo, en algún lugar frío de Castilla, alguien es apresado entre cuerpos que huelen a vino rancio y a guiso de cebolla, y el reclamo de un búho lo devuelve de golpe a la ribera de su infancia. Todo lo que sigue es la larga cuenta atrás de cómo se llega hasta ahí.
El muchacho de aquella orilla se llama Pedro. Es el único hijo legítimo de Alfonso XI y de Constança de Portugal, y crece en un alcázar sevillano dividido en dos frentes: la reina recluida entre rezos, rencor y meninas, y Leonor de Guzmán, la amante que durante veinte años ha gobernado el afecto del rey y, con él, buena parte del reino. Mientras su padre asedia Gibraltar acompañado de sus hijos bastardos —Enrique, Fadrique, Tello—, a Pedro le tocan los ayos, los tratados de armas, la gramática, la astronomía y las lecciones de un viejo obispo sobre por qué la corona se hereda y en qué se distingue el buen monarca del tirano. Su reino verdadero es el río: los álamos, las adelfas, el neblí que le regaló su padre con un pie ya en el estribo. Allí no hay espías. Allí se siente libre, y allí descubre también que la caricia compasiva de la concubina —«ay, mi pequeño Pedro»— nunca fue para él, sino para el trono que ella soñaba con arrebatarle.
La peste lo cambia todo. Una noche de invierno, en la tienda real frente a Gibraltar, Leonor encuentra un bulto en la ingle de Alfonso; semanas después el rey muere el Viernes Santo, con el cuerpo llagado, y ella lo besa en los labios sin temer el contagio. Lo que empieza entonces no es un duelo, sino un cálculo. La comitiva fúnebre desciende hacia Sevilla entre lodazales y ríos desbordados, y en su lento avance se juega el reino: Leonor tejiendo de nuevo su red de favores, deudas y matrimonios; João Afonso de Alburquerque y el viejo Juan Manuel recontando agravios y midiendo el momento; los nobles pasando de la reverencia al murmullo. Cuando el ataúd llegue a la ciudad, alguien habrá decidido ya quién manda.
Juan Rey escribe esta historia con una atención poco común al detalle material —la composición de un yelmo, el adiestramiento de un halcón, la ropa con que se viste a un cadáver real— y con un uso de la genealogía como maquinaria dramática: primos, hermanastros, bastardos y alianzas portuguesas y aragonesas que explican, mejor que cualquier arenga, por qué la traición era en Castilla un asunto de familia. El resultado es una novela sobre la formación de un carácter tanto como sobre una época: la de un niño instruido para reinar y educado, sin quererlo, en la desconfianza. Distinguida con el XX Premio de Novela Ciudad de Badajoz, «1369» interesa por igual al lector de narrativa histórica que busca rigor y ambiente, y a quien se acerca a la figura de Pedro I —el Cruel para unos, el Justiciero para otros— dispuesto a encontrar debajo del apodo a una persona.