Un periodista científico reconstruye lo que fueron las Américas antes de 1492. A partir de vuelos sobre la sabana boliviana del Beni, ruinas mayas sepultadas por la selva y talleres de arte de la costa noroeste, el autor sigue a…
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Un periodista científico reconstruye lo que fueron las Américas antes de 1492. A partir de vuelos sobre la sabana boliviana del Beni, ruinas mayas sepultadas por la selva y talleres de arte de la costa noroeste, el autor sigue a arqueólogos, geógrafos y antropólogos que han desmontado la imagen escolar del continente: pocos habitantes, paisajes intactos, pueblos detenidos en el tiempo. Lo que emerge es un hemisferio densamente poblado y profundamente modelado por quienes lo habitaron durante milenios.
El libro nace de una curiosidad que su autor no logró ver satisfecha por nadie más. Tras años de viajes al Yucatán, de noches en hamaca entre estelas cuyas inscripciones llevaban mil años sin lectores, y tras el hallazgo casual de un artículo del geógrafo William Denevan que preguntaba cómo era realmente el Nuevo Mundo en tiempos de Colón, decidió escribir él mismo la obra que esperaba encontrar en las librerías.
El relato se abre en el Beni, una provincia boliviana llana e inundable donde los arqueólogos fotografían desde el aire islas de bosque casi circulares unidas por calzadas rectilíneas de kilómetros. Para algunos investigadores, ese paisaje de más de ciento cincuenta mil kilómetros cuadrados —con canales, diques, campos de cultivo elevados y montículos como el Ibibate, hecho en buena parte de cerámica rota— es obra de una sociedad numerosa y organizada que floreció hace más de un milenio. Otros especialistas lo discuten con dureza, y el libro no oculta esa pelea: recoge las objeciones, los reproches de ilusión y de politización, y el modo en que las cifras de población se enredan con las guerras ecológicas del presente.
El hilo conductor es lo que el autor llama «el error de Holmberg». En los años cuarenta, un joven antropólogo convivió con los sirionós y los describió como el hombre en estado natural: sin arte, sin fuego propio, sin historia. Décadas después se supo que eran sobrevivientes de epidemias que habían borrado más del noventa y cinco por ciento de su gente en una generación, perseguidos por ganaderos y confinados por el ejército, y recién llegados a un territorio que otros habían transformado antes. Confundir a unos refugiados con un fósil viviente resume el malentendido que el libro se propone deshacer.
Sobre esa base, la obra organiza los nuevos hallazgos en tres ejes —demografía, orígenes y ecología de los pueblos indígenas—, sin pretender ser un catálogo exhaustivo ni una crónica del cambio de paradigma. Elige casos bien documentados y sugerentes, discute con franqueza el peso de las palabras que usa para nombrar a esos pueblos, y transmite el asombro de asomarse a un pasado vivo que sigue dando forma al presente.
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