Una maestra de educación especial que escribe novela erótica bajo seudónimo acepta su primera cita a ciegas y descubre que reinventarse cuesta más de lo que imaginaba.
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Una maestra de educación especial que escribe novela erótica bajo seudónimo acepta su primera cita a ciegas y descubre que reinventarse cuesta más de lo que imaginaba. «15 de febrero», de Victoria Fortún, es una historia de amor contemporánea sobre el precio de desobedecer al lugar de origen.
Crescencia nació en un pueblo de Cuenca con la vida ya escrita: la panadería familiar, la misa de los domingos, el noviazgo formal con el chico de siempre. Se marchó a Madrid con una promesa prestada —estudiar, volver, casarse— y regresó convertida en otra persona. Se rebautizó Julia, se tiñó el pelo de fucsia, se enamoró de la libertad y de un músico que desapareció en cuanto supo que iba a ser padre, y crió sola a Luna mientras sus padres decidían que era más fácil no conocerla.
La novela la encuentra en un momento de tregua: de baja laboral tras la muerte de una alumna que se le fue entre las manos, sostenida por la terapia y por dos amigos que celebran cada libro vendido, y ganándose media hipoteca como Moira Rose, una de las voces más leídas del romántico-erótico que casi nadie sabe que es ella. Esa noche, calzada con unos tacones robados y un vestido que apenas reconoce como suyo, ha quedado a cenar con Víctor Alcántara: cuarenta años, gerente de la discoteca más importante de la capital, divorciado, con una biografía de excesos ya archivados y unas ganas evidentes de algo distinto.
Lo que empieza como una cita de aplicación se convierte en una conversación larga y sin filtros —sobre los prejuicios que rodean a quien escribe sexo, sobre la terapia, sobre lo que uno está dispuesto a repetir y lo que no— y luego en una noche que se le va de las manos a él: una exsocia con reclamaciones antiguas, un reservado invadido por celebridades, una pelea en la pista y una despedida por mensaje. Julia vuelve a casa escoltada por un chófer que no ha pedido, con Luna todavía sin mencionar y la sensación de haber empezado algo que no sabe si podrá sostener.
Victoria Fortún narra en un registro cercano y descarado, con apartes cómplices al lector, humor de barrio y una ternura que aparece justo donde duele. Bajo la comedia romántica late un retrato de la culpa heredada: el peso de «qué dirá la gente», el duelo que no se cuenta en una primera cita, la maternidad ejercida sin red y la posibilidad, siempre incierta, de que alguien te quiera con toda la biografía puesta.