En la Nueva Gades imaginada por Santiago E. Larrán —un Cádiz ensanchado por la ficción—, el inspector jefe Brais López, un policía corpulento, tartamudo y de mecha corta, se enfrenta a su primer gran caso: el cadáver de un hombre bien…
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En la Nueva Gades imaginada por Santiago E. Larrán —un Cádiz ensanchado por la ficción—, el inspector jefe Brais López, un policía corpulento, tartamudo y de mecha corta, se enfrenta a su primer gran caso: el cadáver de un hombre bien vestido aparece en una nave industrial abandonada de la zona franca, un espacio vacío y cerrado con llave desde el interior. Mientras arrastra las tensiones cotidianas con su padre Toño, un jubilado republicano y manitas de radios antiguas, y sortea los roces con su superior, el flamante comisario Agustín Albadalejo, Brais deberá desentrañar cómo entró y salió el asesino de un lugar sellado, en una investigación que arranca la serie protagonizada por este inspector tan entrañable como visceral.
Santiago E. Larrán inaugura con “15 razones para matar” la serie del inspector jefe Brais López, ubicándola en Nueva Gades, un territorio de ficción que el propio autor concibe como una extensión imaginaria de Cádiz: una ciudad real ensanchada para dar cabida a tramas de crimen con más espacio narrativo. En ese escenario arranca la novela con el hallazgo, por parte de un comerciante mayorista, de un cuerpo tendido en una nave abandonada de la zona franca, un descubrimiento que rompe de golpe la calma de un lunes cualquiera. La víctima, un hombre de mediana edad, bien vestido y sin heridas defensivas, presenta un único golpe en la cabeza, y el detalle que más inquieta a los investigadores es que el almacén donde fue encontrado estaba completamente vacío y cerrado con llave desde dentro, sin puertas alternativas ni signos de forzamiento. La resolución de ese enigma recae en Brais López, un inspector de complexión imponente, tartamudo cuando se altera, hipocondríaco declarado y con una relación tan afectuosa como beligerante con su padre, con quien convive junto a un gato llamado Calígula. La novela alterna el pulso doméstico de esa convivencia —discusiones por cigarrillos, boletos de lotería perdidos y desayunos con churros— con el trabajo de campo en Nueva Gades: el desplazamiento accidentado de Brais hasta el lugar de los hechos, las fricciones con un agente novato que se lleva la peor parte de su carácter, la complicidad profesional con el subinspector Pedro Vélez, el choque de estilos con la nueva forense y la relación cargada de historia compartida con Agustín Albadalejo, el comisario de distrito con quien creció y se formó como policía. Sobre ese trasfondo de vínculos personales y jerarquías incómodas, la trama plantea un caso de apariencia hermética —un cuerpo sin identificar en un espacio imposible de violar— que sienta las bases de una investigación llamada a ramificarse, y que presenta a un protagonista tan peculiar en sus manías como eficaz en su instinto policial, en el primer episodio de una serie negra con acento gaditano.
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